Nuestra Historia

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1. NACE UNA ESPERANZA / Los orígenes, 1774-1896.

Con el nacimiento de Claudina Thévenet, en 1774 surgió una nueva esperanza para el mundo, lleno de violencia e ignorante de Dios, en el que ella se movía. Desde la sencillez que la caracterizaba e impregnada de ella, nace en Lyon, Francia, la Congregación de las Religiosas de Jesús María, como fruto de su generosa respuesta a la invitación que Dios le hacía. Es así como Claudina, junto con Juana Burti y las dos primeras huérfanas, fundó la Congregación durante el transcurso de la noche del 5 al 6 de octubre de 1818, iniciando un nuevo camino sin sospechar siquiera la trascendencia que esta obra tendría en los cinco continentes.

Claudina, vivió en su adolescencia el período más violento de la Revolución Francesa. Las consecuencias de la post-revolución, afectaron de manera especial a la enseñanza y a la educación de los niños y niñas, pues muchos de ellos habían quedado huérfanos. Esta realidad dura, violenta, alejada de Dios y aparentemente sin sentido, es precisamente la que interpela al corazón de nuestra Madre Fundadora, impulsándola a responder generosamente al llamado de Dios a través de la entrega incondicional a Dios y a sus semejantes para transmitirles, la experiencia de su amor, su bondad y perdón, haciendo conocer y amar a Jesús y a María, a través de la educación de la niñez y la juventud, sobre todo los más pobres.

Durante el siglo XIX, la Iglesia, continuaba pidiendo a todas las Congregaciones nacientes el tomar como base de la vida religiosa la regla de San Benito o de San Agustín, en función de los fines que la caracterizaban. De tal manera que, por la naturaleza de Jesús María, Claudina optó por la Regla de San Agustín, aunque en la estructura de la Congregación se tuvieran muchos aspectos provenientes de la vida monacal Benedictina. Además de esta regla, desde los inicios se dio un lugar primordial a la práctica del Examen Particular y a otros actos de piedad que se inspiraban en el Evangelio y en obras como la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis (siglo XV).

En este contexto, la Congregación, educadora y misionera, desde su origen, inició su expansión en Francia al establecerse en 1921 en Belleville. Algunos años más tarde, comenzó la expansión misionera cruzando las fronteras francesas para comenzar su labor en la India en 1842, España en 1850, Canadá en 1855, Pakistán en 1856, Inglaterra en 1860, Estados Unidos en 1877, Italia en 1896 y México en 1902.

2. EL HORIZONTE SE ENSANCHA... / Primera etapa, 1902-1915.

La provincia de España, que había sido fundada en 1950 por las religiosas francesas, continuó abriendo capítulos nuevos en la Historia de Nuestra Congregación al lanzarse a surcar, de nueva cuenta el Océano Atlántico, para fundar una comunidad en México. Es así como después de una larga y difícil travesía, el 24 de diciembre de 1902, llegan al puerto de Progreso las primeras religiosas de Jesús María que comenzaron la labor de Claudina en nuestras tierras:

M. Ma. De San Ignacio Morell, Sup. Prov.
M. Dolores Martínez
M. Clementina Esteve
M. Juana Francisca Alberich
M. Ma. De Loyola Zulueta
M. Natalia Sala
M. Caridad Prat

Dos meses después otro grupo de religiosas llegó a reforzar la fructífera obra iniciada en nuestro país. Las religiosas que llegaron el 5 de febrero de 1903 fueron:

M. Amalia Pueyo
M. Soledad Aguilar
M. Vicente de Paul D´Amours
M. Josefina Bassols
M. Ildefonso Novello
M. Aurea Novello
M. Lutgarda Guell
M. Esteban Tarno
M. Claudina García
M. Virginia Soley

Desgraciadamente, las madres llegaron a nuestro país en período desfavorable para una expansión y trabajo tranquilo. El final del porfiriato se complicó, no sólo por las implicaciones propias de la dictadura, sino por la creciente situación de pobreza y marginación que comenzó a vivir el país después de haber tenido algunos años de “paz y progreso”. A semejanza de la situación del México de hoy, durante este período también existieron pobres cada vez más pobres y ricos cada vez más ricos, entre los que destacaron los inversionistas franceses y alemanes que dominaban la industria petrolera y ferroviaria. En esta situación y, tras algunos años de sequías en los campos, las familias de los industriales y hacendados mexicanos (entre los que se encuentra Francisco I. Madero) comenzaron a tener también graves dificultades económicas que los llevó a unirse con el pueblo en contra del gobierno de Don Porfirio Díaz. En esta situación de efervescencia, búsqueda, inconformidad, pobreza, injusticia y violencia que genera la Revolución Mexicana, nuestras hermanas trabajan con fe, generosidad y alegría, poniendo en riesgo su propia vida por hacer conocer y amar a Jesús y a María. La situación se agravó particularmente durante el período de la “decena trágica” en donde la violencia se manifestó de manera nunca antes vista. Victoriano Huerta, se convierte en el verdugo de muchos, y durante este periodo, las madres se ven obligadas a salir del país durante la noche del 8 al 9 de agosto de 1914 y “dejar el convento sin esperar ni retrazar”, en lo que fue “un viaje triste y excepcional” hacia la Habana, Cuba, en donde se fundó un nuevo Colegio de Jesús María.

3. RENACIMIENTO EN MÉXICO / Segunda etapa, 1921-1926.

A partir de la salida de las Religiosas de Jesús María de México en 1914, las exalumnas tanto del Colegio de Mérida, como del Colegio de México, mantuvieron constante correspondencia con la M. María de San Ignacio, provincial de España y otras religiosas con el deseo no solo de conservar el contacto con “sus madres” sino de manera especial, para lograr su regreso en cuanto fuera posible.

En 1919, el 24 de junio, tanto las exalumnas de México como las de Mérida, recibieron con profunda alegría y esperanza, la visita de la M. San Ignacio, la M. Eufemia y la M. María Stella. La madre provincial pudo arreglar varios asuntos en ambas ciudades y constatar que los intereses de las religiosas habían sido protegidos por los abogados y las familias cercanas a la Congregación. Durante este período, Monseñor Trischler por insistencia de las yucatecas, escribió a la M. Santa Clara, Superiora General, en relación a la reapertura del Colegio de Mérida. La respuesta fortaleció la confianza en el pronto retorno de las madres a nuestro país.

Durante el año de 1921, considerado por nuestras hermanas como el año que dio paso al “renacimiento” de la obra de Jesús-María en estas tierras, se consolidó la reapertura de los Colegios de México y de Mérida. En la capital del país, a pocas cuadras de la Iglesia de la Sagrada Familia que siguen atendiendo los Jesuitas, las madres además del colegio, también trabajaban en la catequesis; mientras que, en la “Ciudad Blanca”, además del trabajo del Colegio, se organizaron catequesis dominicales para indígenas y mestizos en lugar de las escuelas parroquiales que continuaban en manos del gobierno. Tres años más tarde, en 1924, se vio la necesidad de abrir el “Noviciado” ante la creciente manifestación de varias vocaciones que había que cuidar y encaminar hacia la consagración a Dios al estilo de Claudina.

La vida, durante estos años, parecía transcurrir tranquila hasta que el 31 de julio de 1926 se promulgó la Ley Calles, cuya aplicación, ocasionó la expulsión de los sacerdotes extranjeros, el cierre de templos, conventos, asilos, casas para huérfanos, colegios y escuelas católicas. De cara a esta situación, nuestro pueblo junto con el Episcopado Mexicano, se levantó en armas dando origen a la “Guerra Cristera”, en la que muchos religiosos y laicos perdieron su vida y pertenencias al grito de ¡VIVA CRISTO REY!. En julio del mismo año, las religiosas de la ciudad de México salieron hacia la Habana y El Paso, Texas, mientras que las religiosas de Mérida, se vieron obligadas a salir del país en un acto de obediencia a las órdenes recibidas de la Madre General. Al movilizarse, se dispersaron, y fueron acogidas en Argentina, La Habana, Estados Unidos y España.

Durante este segundo período de exilio, las Madres, llevarán en sus corazones la incertidumbre de no saber si será posible volver. Sin embargo, este será un momento propicio para sembrar nuevas semillas en territorio norteamericano.

4. ALGO NUEVO ESTA NACIENDO / Tercera etapa, 1926-1947.

Después de haber salido de México en julio de 1926, a causa de la “Ley Calles”, las hermanas llegaron a la ciudad norteamericana de El Paso. Al establecerse ahí, el padre Romualdo Benedet, SJ y la comunidad mexicana, las recibieron con una calurosa acogida. El Padre las animó diciendo que El Paso sería el origen de un “extenso campo de apostolado para la entonces desterrada comunidad de Jesús-María”. Estas palabras se harían realidad para la mayor gloria de Dios y para gozo de nuestras hermanas. Sin embargo, no todo fue alegría ya que en los comienzos la situación económica fue difícil, a tal grado que las Madres se vieron obligadas a realizar trabajos especiales como bordados, retoque y restauración de fotografías entre otros. También pasaron grandes dificultades debido al desconocimiento del inglés y al proceso de adaptación a la cultura norteamericana.

En octubre del mismo año se llevó a cabo la apertura de la “Academia Comercial” en un salón provisional mientras se arreglaban las habitaciones destinadas para las clases, y aunque al principio tuvieron pocas alumnas, el número de inscritas fue en aumento a medida que pasaba el tiempo.

El año de 1934, fue muy significativo para la comunidad de El Paso, ya que recibieron la visita de la Madre Loyola, que fue muy corta ya que murió poco en la ciudad de Nuevo Orleáns a causa de una pulmonía. Durante ese año también se dio paso a un período fructífero en lo que toca a la expansión educativa y misionera en los estados sureños de los Estados Unidos de Norte América: Texas (1934), Nuevo México (1934), California (1938) y Arizona (1940). Durante esté período el trabajo se realizó en comunidades parroquiales cuya población era mayoritariamente mexicana, pobre y marginada. La actividad misionera se centró fundamentalmente en la catequesis para Primeras Comuniones, preparaciones Bautismales y Matrimoniales. La respuesta de los niños, jóvenes y adultos fue siempre entusiasta, lo cual motivaba la experiencia apostólica y espiritual de las Religiosas.

En el año de 1937, llegó la Madre Ángeles Mancheño quien dio un gran impulso a las misiones y nuevas fundaciones y, como consecuencia de ello, en 1938, el Gobierno General constituyó a la Provincia Hispano Mexicana de la siguiente manera:

La casa Provincial, El Paso, Texas.
El Noviciado, El Paso, Texas.
La Academia Comercial, El Paso, Texas.
La pensión para señoras “Queen of Angels”, El Paso Texas.
La Pensión “Joan of Arc Club”, San Diego, California.
San José de Carlsbad, Nuevo México.
Las Misones en distintos poblados.

5. DE REGRESO AL HOGAR / Cuarta etapa, 1948-2009.

Como consecuencia del devenir histórico de la postguerra y la pos revolución, las hermanas descubrieron que la situación de la educación en México registraba graves problemas tanto de analfabetismo como de escasez de escuelas y maestros. Es por ello que ante este panorama y de cara a la actitud tolerante ante el problema religioso del entonces presidente de México, Don Miguel Alemán, que la Madre Ángeles Mancheño creyó oportuno solicitar, de nueva cuenta, la apertura del colegio al Capítulo General convocado en Roma en 1946.

Al obtener el permiso de los miembros del Capítulo general, la Madre inició los trámites necesarios para la reapertura del colegio. De tal manera que, el 2 de febrero de 1948, comenzaron los cursos en el Instituto Mexicano Regina, a los que más adelante se unieron las Madres María Mingot, la Madre Espíritu Santo y la Madre Angélica Cueva. Un año más tarde, el 12 de febrero de 1949, inauguraron la escuelita de San José en un barrio pobre de la ciudad, posteriormente Escuela Claudina Thévenet. Con las dos obras mencionadas anteriormente se inicia la historia de nuestra provincia, que continúa con la fundación del Colegio Mérida en 1952, tres años más tarde, en 1955, se constituye como tal la actual Provincia de México.

El espíritu misionero continuó impulsando a nuestras hermanas por lo que en 1957 se fundó Colombia, con el deseo de extender el apostolado de Jesús-María en América Latina.

Como puede verse, durante este período, la Provincia sufrió grandes transformaciones pero, al estabilizarse, continuó con la expansión tanto en territorio mexicano, como en el cubano. De ahí que posteriormente fueron varias las fundaciones que se sucedieron a lo largo del tiempo y el territorio mexicano:

1965, Misión y Colegio –actualmente cerrado-. Estipac, Jalisco.
1966, Casa de Descanso para Ancianos –actualmente entregado a otra Congregación de Religiosas-. Guadalajara, Jalisco.
1968, Misión y Escuela de Guachochi –Re’pabé rarámuri-. Sierra Tarahumara, Chihuahua.
1969, Colegio Avelino Montes Linaje. Mérida, Yucatán.
1976, Misión de San Carlos. Tabasco.
1979, Movimiento Eucarístico Juvenil –MEJ- (inició en el Instituto Mexicano Regina, el Colegio Mérida y el Colegio Avelino Montes Linaje. Posteriormente en la Escuela Claudina Thévenet, la Escuela Re’pabé rarámuri y finalmente en Balancán)
1986, Comunidad de Tacubaya -actualmente atiende el Colegio Claudina Thévenet-. México, D.F.
1990, Casa de Oración y Noviciado. Huixquilucan, Estado de México.
1991, Misión ad gentes de La Habana y Sancti Spíritus –esta última cerrada actualmente y sustituida por Mantua- Cuba.
1992, Misión de Balancán. Tabasco.
1998, Juniorado de San José, Tacubaya, México, D.F. Posteriormente se estableció la Comunidad de Camino a Belén -cerrada actualmente-.
Finalmente, en los umbrales del siglo XXI, se han realizado las siguientes fundaciones:
2000, Misión ad gentes en Mantua, Provincia de Pinar del Río, Cuba.
2001, Casa Santa Clara, en colaboración con un grupo de exalumnas del Colegio Regina y tres religiosas. Esta casa, en México, D.F., tiene como finalidad acoger y formar a niñas en riesgo de calle o niñas de la calle, como las que Claudina acogía y educaba en los primeros años de la Congregación.
2006, Nueva Casa Noviciado, Tacubaya, México, D.F. El actual noviciado fue trasladado de la Casa de Oración a esta zona por considerar este espacio como un lugar más adecuado para establecer la casa destinada a la formación inicial de las postulantes y novicias.

Después de este recorrido es importante señalar que, esta historia, en la que muchas de nuestras hermanas han participado, ha sido posible no sólo como resultado de su amor a Jesucristo, su fidelidad a la vocación a la vida religiosa en Jesús-María, su disponibilidad, su generosa entrega, su servicio sencillo, o su compromiso creativo para sembrar la semilla del Evangelio ahí donde fueron enviadas, sino también y de manera especial, gracias al impulso que imprimieron las Madres Provinciales a las distintas fundaciones y obras apostólicas de nuestra provincia. A continuación se les menciona en orden cronológico:

Ángeles Mancheño (1938-1955)
Guadalupe María Pérez (1955-1960)
Margarita Roglá Altet (1960-1962)
Guadalupe María Pérez (1962-1968)
Elena Escudero Molins (1968-1978)
María Teresa García Bernal (1978-1983)
María Luisa Cervantes Riba (1983-1993)
Teresa Mesa Iturbide (1993-2002)
María Concepción García Paredes (2002-2009)

Al concluir esta etapa de la historia de la Congregación en la Provincia de México, y después de 107 años de camino, de entrega, de generosidad, de grandes deseos de “hacer conocer y amar a Jesús y a María” por medio de la educación cristiana en todos los ambientes sociales, privilegiando entre ellos a los más pobres (Cfr. C. 5), se abre ante nosotras un nuevo milenio. Milenio que nos invita a dejarnos conducir por el soplo del Espíritu de Dios, el mismo que en los inicios de la congregación –hace 190 años- impulsó a Claudina y a las primeras religiosas de Jesús María que vinieron a México, a ponerse en marcha sin saber a dónde las llevaría, a seguir comprometidas en la misión que se nos ha confiado con la confianza puesta en Dios.

Así las Religiosas de Jesús-María de la Provincia de México, conmovidas por las miserias de nuestro tiempo (Cfr. C. 3), atentas a los signos de los tiempos y de los lugares, comprometidas con nuestro Señor Jesucristo, su Palabra, su Evangelio y su Iglesia, fieles a la vocación que se nos ha regalado, a nuestra Madre Fundadora y a la Congregación, buscamos, en actitud de oración y discernimiento, respuestas siempre renovadas para hacer vida, al estilo de Claudina, el Carisma que de ella hemos heredado. Es desde ahí, desde donde deseamos aportar nuestra fidelidad creativa y poner nuestra vida al servicio de la construcción del Reino de Dios, para que nuestra vida y nuestras obras sean un continuo canto de alabanza para la mayor gloria de Dios y de nuestros hermanos.

María Luisa de Anda Martínez, RJM Ciudad de Mérida, marzo de 2009 Referencias bibliográficas: Aguilar Martínez, Constanza (Investigación y textos) y Barrios Ramos, Josefína, RJM (2002). Jesús-María en México. México, Religiosas de Jesús-María. Religiosas de Jesús María. (2008). Constituciones de la Congregación de las Religiosas de Jesús-María. Religiosas de Jesús-María, Roma. Rollo Millán, Aurora, RJM (1993). Una vida de bienaventuranzas. México, Religiosas de Jesús-María. Cosío Villegas, Daniel (1973). Historia mínima de México. México, El Colegio de México.

Claudina Thévenet

Nace en Lyon Francia, el 30 de marzo de 1774. Hace sus estudios en la Abadía de San Pedro, de la Orden Benedictina. Teniendo ella 15 años, estalla en Francia la revolución.

Sus hermanos son encarcelados por defender Lyon y, meses más tarde, serían fusilados en su presencia. De ellos recibe sus últimas palabras: “Ánimo Glady, perdona como nosotros perdonamos”.

Este acontecimiento toca profundamente su corazón y surge en ella, fruto del perdón, la angustia de ver la infancia y la juventud abandonada, hambrienta de pan, de cultura, de amor, de Dios.

Años más tarde, conoce al padre Andrés Coindre, quien le lleva dos huerfanitas que encontró temblando de frío. Con estas dos niñas, funda Claudina una “Providencia” institución encargada de procurarles una educación cristiana, que muy pronto empieza a crecer.

Poco después surge la “Asociación del Sagrado Corazón”, de la que Claudina es presidenta. EL padre Coindre ve en las asociadas una gran entrega, por lo que decide proponerles que formen una comunidad religiosa, y ´pide a Claudina ser la encargada de la nueva empresa. Ella accede con gran espíritu de fe.

El 5 de octubre de 1818 se dirige a Pierres-Plantés, donde comenzará su nueva misión.

El 25 de febrero de 1823, junto con cuatro compañeras, hace sus votos, eligiendo el nombre de “María de San Ignacio”, por la importancia e influencia de San Ignacio de Loyola en su vida. Pasa su vida religiosa totalmente entregada a la nueva congregación y a sus huérfanas. No tenía más que un deseo: comunicar el conocimiento del amor de Cristo y una angustia; la desgracia de los que viven y mueren sin conocer a Dios.

Sus últimas palabras: ¡Cuan Bueno es Dios!, son una alabanza para aquél a quien amó y por quién se entregó a sus hermanos, especialmente a los más pobres.

Muere el 3 de febrero de 1837. El Papa Juan Pablo II la canoniza el 21 de marzo de 1993.

31 de marzo de 1774:

"1774, 31 de marzo, he bautizado a Claudina, nacida ayer, hija del señor Filiberto THÉVENET, negociante y de la señora María Antonieta GUYOT, su esposa". Reynaud que escribió y firmó esta partida de bautismo, en el registro que hoy se conserva en el Archivo departamental del Ródano, es vicario de la parroquia de Saint-Nizier que desde el siglo XIII reúne a la burguesía lionesa en torno a su colegiata.

El emplazamiento de esta iglesia está cargado de historia religiosa y va unido al recuerdo de los cuarenta y ocho primeros mártires de Lyon y de las Gallas, martirizados en el año 177. Los cristianos del siglo V, desolados por no tener reliquias de ellos, cogieron tierra del lugar donde hablan quemado sus cuerpos y la colocaron debajo del altar de una basílica consagrada al principio a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. San Nizier, fue enterrado allí en 573. Se le atribuyeron muchos milagros y en poco tiempo el culto de ese santo obispo creció tanto, que la iglesia tomó su nombre. Destrozada en los siglos VIII y XIII, reconstruida en el XIV, no se terminó hasta el año 1857 con la construcción del campanario sur. Sin embargo en 1774, es ya un soberbio monumento de estilo gótico flamígero.
Claudina THÉVENET, el día de su bautismo, entraba en una iglesia memorial de mártires y de apóstoles, de obispos evangelizadores y de fieles cuyo fervor se había transmitido a lo largo de los siglos. Seguramente, al terminar la ceremonia, fue consagrada a María.

Podemos creer que dicha consagración tuvo lugar ante la hermosa imagen esculpida por Coysevox que la Cofradía de Nuestra Señora de Gracia, existente desde 1562, había colocado en 1771 en el transepto sur. Da la impresión de que la Virgen trata de retener al Niño que se lanza fuera de los brazos de su madre. ¿Hacia quién? ¿Hacia dónde? Día vendrá en que Jesús se marchará por la urgencia de anunciar la salvación libertadora. Y ese día, María no lo detendrá.

Claudina pertenece a una de esas familias características de la burguesía lionesa de fines del siglo XVIII. Su madre, Ma. Antonieta, es una Guyot de Pravieux. Uno de sus antepasados había comprado el castillo de Pravieux a doce kilómetros de Lyon y desde entonces hasta la Revolución, el propietario y sus descendientes se firman Guyot de Pravieux. Pedro, el abuelo materno, se define como "burgués y mercader fabricante". Sus negocios prosperan y en 1740, constituye una nueva sociedad; el acta comienza así: "En nombre de Dios y de la gloriosa Virgen María, nosotros, los infrascritos, Pedro Guyot de Pravieux y Francisco Chenavard... hacemos juntos el presente contrato de sociedad y compañía para fabricar toda clase de telas y paños de seda, oro y plata, o cualquier otras que nos parezcan en beneficio de nuestro comercio...".

Los Thévenet son "burgueses de Seyssel" Seyssel de Francia, en la frontera con Saboya. El abuelo Francisco es uno de los síndicos de la ciudad; su hijo Filiberto se establecerá en Lyon donde ya unos parientes y conocidos trabajan con éxito. Empleado primero en casas de negociantes, funda más tarde con un socio la sociedad comercial Thévenet, Terrat y Cía. Los miembros de esta sociedad establecieron una relación de trabajo con la sociedad Guyot de Pravieux y Chenavard. De ahí sale un matrimonio: el 7 de agosto de 1770, en la iglesia parroquias de San Pedro y San Saturnino, cerca de la plaza de los Terraux, se unen para toda la vida, en las alegrías y en las penas, Filiberto Thévenet y Ma Antonieta Guyot, ante el prior de Ruffigny, pariente de la novia. Los recién casados se van a vivir a la calle Neuve en la parroquia de Saint-Nizier.

El primer hijo es un niño, Luis Antonio; el segundo, una niña, Claudina. Al esperar un tercer nacimiento, los padres buscan una casa más amplia y la encuentran en la calle Griffon.

Claudina tiene sólo trece meses cuando nace Francisco María. Los Thévenet se mudan otra vez, un poco más al norte, en la calle Royale, en un hermoso edificio; en uno de los pisos vive un pariente de los Guyot que fue magistrado municipal.

A los ocho años, Claudina, a la que normalmente llaman Glady, es una niña que lo tiene todo. Ha crecido rodeada de un clima de vida, de amor, de alegría, de amistad; son frecuentes los encuentros con los parientes, primos, primas, y con los amigos de sus padres que también lo son suyos. La familia vive desahogadamente, sin lujo excesivo ni despilfarro, practicando la caridad con los necesitados.

Sin duda hay momentos sombríos. El padre, tan solícito por cada nuevo hijo, debía acordarse a menudo de sus siete hermanas arrebatadas por la muerte, a los dieciocho meses la más pequeña, a los veinte años la mayor. Glady, a los cuatro años, ve morir a su madrina, la hermana mayor de su madre, a la que quiere con ternura; a los siete años pierde a su tía Elisabeth, muy joven, que deja dos hijas pequeñas y un marido desesperado. ¿Le habla su madre en estos casos del "Cielo" que da un sentido nuevo a la vida? Sin duda le enseña a acudir al lado de los que sufren para consolarlos con su compañía y compasión.

Mientras tanto, en el hogar de los Thévenet va aumentando el número de los hijos, y Claudina, al crecer, va adquiriendo un ascendiente natural sobre sus hermanos, lo cual facilita la tarea de sus padres. "No se enfadaba nunca. Todos la amaban, especialmente por su bondad de corazón". Buena porque es muy querida; muy querida porque es muy buena. Familiarmente la llaman "la violeta", la humilde flor tan olorosa a la que se adivina antes de que se la vea.

Hasta 1782, los Thévenet pudieron mantener floreciente su comercio. Pero la economía francesa había entrado en una fase muy crítica. Se van a pique muchos negocios; el de Filiberto Thévenet entre ellos. Claudio Mayet, a quien pedirán más tarde que les escriba sus recuerdos, dirá de él: "Tuvo muchos reveses de fortuna, ocasionados tal vez por el lujo del abuelo que quería llevar el mismo tren de vida que la familia de su mujer". Esta afirmación se basa seguramente sobre comentarios que él oyó cuando era niño a las personas mayores y que le quedaron grabados en la memoria. Se dice también, que los "reveses considerables" se explican además por el carácter emprendedor" del cabeza de familia que a veces le hacía rebasar los límites de la prudencia. En realidad, el estudio de los documentos relativos a esta cuestión, de los años 1782-1785, permiten sacar la conclusión de que la quiebra se habría debido más bien a la insolvencia de los deudores. Filiberto Thévenet aceptó con dignidad la situación. La familia redujo su tren de vida. El matrimonio procedió a la separación de bienes y, a nombre de Ma. Antonieta, monta una nueva casa de comercio de proporciones más reducidas: una pequeña fábrica de chocolate y un almacén para la venta.

En esta época Glady es admitida como alumna interna en la abadía de San Pedro. Tiene entre ocho y nueve años; el monasterio que la acoge puede gloriarse de doce siglos de existencia. El hermosísimo edificio donde Claudina dio el paso de la infancia a la adolescencia había sido construido en 1659 por la Abadesa Ana d'Albert de Chaulnes, que con energía se había esforzado por restablecer el fervor primitivo según la Regla de San Benito. Algunos han dicho que en San Pedro no había niñas internas, mientras que sí las había en otras dos abadías de la ciudad: la Deserte y los Chazeaux; esta última tuvo como pupila ilustre a Julieta Recamier. Sin embargo, de vez en cuando se aceptaban algunas pensionistas a las que se educaba juntamente con las novicias; ése debió ser el caso de Claudina puesto que en la familia quedó el recuerdo de que había estado en la abadía; lo testifica la declaración de María Luisa Mayet, carmelita de Lyon, en el proceso diocesano: "Oí decir a menudo a mi padre, que la Sierva de Dios había tenido mucha suerte de poder ser educada por las canonesas de San Pedro. Recibió una esmerada educación integral. Creo que pasó allí unos siete años". La primera historia de la Congregación, basada en los testimonios de los contemporáneos, nos dice además, que Claudina fue confiada a una religiosa que "le dio nociones de historia y de literatura, la formó en ortografía correcta, y le enseñó a manejar hábilmente la aguja", pero sobre todo "desarrolló en la niña el amor al orden y el cuidado de todas las cosas". La narradora añade que "en los últimos años de su vida, la señorita Thévenet recordaba todavía los consejos de su prudente educadora y hablaba de ella con gratitud y veneración".

No tenemos noticia alguna acerca de la enseñanza religiosa que se le dio ni de la "práctica". No se conoce la fecha de su primera comunión ni de la confirmación, que probablemente recibió hacia los doce años según la costumbre de entonces. Y con mayor razón todavía, ignoramos qué experiencias religiosas tuvo y cuáles fueron sus sentimientos íntimos. Sabemos simplemente que las religiosas de San Pedro tenían una gran devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María y también a la Eucaristía, que cuidaban mucho la salmodia del Oficio divino. Sus alumnas sin duda quedaron marcadas por todo ello.

Claudina deja la abadía probablemente en 1789. Podemos conjeturar el tiempo que pasó allí por lo de: "alrededor de siete años". Todo este tiempo para llegar a ser “una joven de la buena sociedad". Tiene quince años. Sin duda alguna vuelve a casa con alegría, diciéndose tal vez que allí está su verdadera vida y que en su momento sabrá comprometerse, como lo hicieron sus padres, en el matrimonio.

Pero los tiempos están revueltos y aumenta la inquietud al mismo tiempo que crece la confusión en los espíritus. Claudina no puede analizar la situación pero pronto capta las señales precursoras de la tormenta que se está fraguando.

5 de enero de 1794:

Glady ha vuelto a su hogar; se da cuenta de que la situación se va agravando cada vez más. Salen a la luz muchos descontentos. La penuria es enorme y se teme el hambre. El frío terrible del durísimo invierno de 1788-89 ha estropeado gran parte de las cosechas; han subido mucho los precios. Disminuye el comercio; hay muchos obreros sin trabajo y muy pronto carecerán de pan. Durante los últimos meses del internado, Claudina ha podido ver la gran cantidad de víveres, de leña, de vestidos y de limosnas que las monjas repartían entre los pobres. Y ese recuerdo le ayuda a comprender la realidad que la rodea.

La situación de la familia ya no es la que antes ella había vivido; su padre está empleado en los negocios de los Guyot de Pravieux; el hermano mayor, Luis Antonio, trabaja en la fábrica de seda de éstos; Francisco ha empezado el aprendizaje en una imprenta. Se ha turbado la paz de antaño: ¿se han dejado arrastrar los dos chicos por las nuevas ideas? El sobrino de Claudina recuerda que se decía de ellos: "eran un poco filósofos como casi todos los jóvenes de aquella época". ¿Qué quería decir con esta frase? Monseñor Mioland, cuyos parientes eran amigos de los Thévenet, escribe en sus notas personales:
"Recuerdo todavía con gran claridad las conversaciones que algunos negociantes, viajantes de comercio, tenían en el salón de mi padre sobre las teorías del gobierno. Los nombres de Rousseau, Mably, La Fayette resuenan todavía en mis oídos". Los hermanos Thévenet siguen con simpatía los acontecimientos de Versalles y de París; ¿han participado, con el entusiasmo que señala Juan Ma. Mioland, en el desfile del Cortejo de la Federación, en la gran avenida de los Brotteaux? ¿Esperan las reformas que, según dicen, van a hacer de Francia un país moderno, justo, próspero y libre?

La familia, sin duda alguna, sobre todo por parte de los Guyot, está aferrada a los valores tradicionales de la monarquía y de la Iglesia, "el trono y el altar". No parece oponerse a ese orden de cosas que, sin embargo, aparta de los asuntos públicos a la clase dinámica y productiva que puede asegurar la prosperidad del país. ¿Hay discusiones en casa?, ¿sólo presentimientos? ¿Cómo han recibido la Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano? Lo que sí es cierto, es que la legislación religiosa de la Asamblea constituyente, y luego de la Legislativa crearon tensión y malestar. Glady estaba presente tal vez en la predicación de la cuaresma de 1791 en San Nizler, cuando el sacerdote Jaime Linsolas fue abucheado en plena iglesia porque pedía que se rezara por el papa, por el arzobispo, por el rey y la familia real.

El arzobispo por quien Linsolas pedía oraciones era Monseñor de Marbeuf que, nombrado en 1788, no había podido ir a Lyon por estar en Versalles encargado de una especie de Ministerio de Cultos. Emigra a Brabante y desde allí gobierna enérgicamente su diócesis por correspondencia. Se negó a prestar el juramento civil y se lo prohibe a sus sacerdotes. Eligen a otro titular del obispado metropolitano del Ródano y el Loira, de acuerdo con las nuevas leyes, y es consagrado por el obispo constitucional de la diócesis del Sena y recibido pomposamente en Lyon, el 12 de abril de 1791. Se llamaba Adrián Lamourette.

El clero parroquias de San Saturnino, parroquia de los Guyot y los Thévenet, se pasó al cisma constitucional y vigilaba al capellán de las Benedictinas de San Pedro que rechazaba la constitución, el juramento y al obispo intruso. La confusión se hacía sentir incluso dentro de la abadía: aunque sólo tres monjas hubieran optado por dejar el claustro, las que quedaban no estaban todas de acuerdo sobre la actitud que se debía tomar. La abadesa acababa de morir; las perspectivas electorales turbaban los ánimos: se formó un partido que quería adaptar el gobierno del monasterio al de la nación.

No sabemos nada de las reacciones de la familia Thévenet ante la gran confusión que crece de día en día. Es probable que Claudina se dejara absorber por el trabajo doméstico y por su papel de hermana mayor de los cuatro pequeños, que ejercía ya con gran dominio propio, discreción y fe. En lo que concierne a la práctica religiosa, está decidida a seguir las directrices de los sacerdotes legítimos y la palabra del Papa; mucho se había sufrido de que no la hubiera pronunciado antes.

Pero los acontecimientos se precipitan. El rey ha sido arrestado en Varennes, la Asamblea legislativa ha declarado la guerra a los soberanos extranjeros, el Palacio de las Tullerías es tomado por asalto, la familia real, prisionera, se declara a la Patria en peligro. En las cárceles de París se asesina cruelmente a "los cómplices del extranjero". La victoria de Valmy detiene la invasión; al día siguiente, se forma una nueva Asamblea: la Convención; sus primeras disposiciones son la abolición de la realeza y la proclamación de la República. Los montañeses y los girondinos se enfrentan; el rey muere en el cadalso. Una coalición de los grandes estados de Europa, cerca Francia. Los girondinos son derrotados en París. La Montaña victoriosa organiza un gobierno revolucionario y se dispone a sofocar la insurrección contra su dictadura organizada por parte de la provincia. Claudina se entera de todos estos acontecimientos y se interroga. Había soñado en fundar un hogar, ¿qué será de tal proyecto? ¿Puede ser todavía una promesa para el futuro? No puede uno imaginarse fácilmente que el pánico se apoderase de la familia Thévenet. Y sin embargo, cada día trae su dosis de angustia. Lyon es una de las ciudades sublevadas contra París, y no la menor. Se han acabado las provisiones de los productos más elementales y se multiplican los motines y los pillajes en las tiendas, a veces acompañados de muertes. Esos desórdenes están atizados por Chalier, presidente del comité de policía y del tribunal del distrito, cuyas exacciones acabarán provocando la sublevación de la mayor parte de las secciones de la ciudad que juran "resistir a la opresión". El arresto de Chalier seguido de su ejecución es la señal de que Lyon no soportará por más tiempo la Convención montañesa. La resistencia que se organiza no está inspirada en sentimientos de lealtad hacia la monarquía, ni siquiera directamente por la situación cada vez más precaria de los católicos y de los sacerdotes acosados. Se trata de "salvar la ciudad" sacudiendo la dura tiranía de los representantes del Gobierno central, bien apoyados por la Montaña victoriosa de París.

Viendo que la situación se agrava cada vez más, la familia Thévenet toma una decisión: el padre intentará salir de la ciudad con los cuatro hijos pequeños y los llevará a Belley a casa de su hermana; los tres mayores permanecerán con la madre. Pero el Sr. Thévenet ¡no puede volver! Kellerman ha recibido orden de atacar la ciudad rebelde. Una comisión popular responde al ataque organizando un cuerpo de voluntarios, y confía el mando al ciudadano general Perrin-Précy. Los hermanos Thévenet se enrolan. En agosto de 1793, las tropas de Kellerman tienen cercada la ciudad casi totalmente; el pan escasea. En septiembre el cerco es total; los bombardeos cada vez más violentos. Se suceden las proclamas y las intimaciones; han lanzado la amenaza: "Lyon será arrasada". La lucha es atroz, el 9 de octubre, se capitula.

La Sra. Thévenet y su hija están solas llenas de inquietud. Claudina procura dominar sus propios temores y mantener la confianza en el corazón de su madre. Una noche incluso fue al muelle de Retz donde se habían desarrollado sangrientos combates, para ver si sus hermanos estaban entre los muertos o heridos. Luis y Francisco reaparecen aquella noche y tranquilizan a su madre. Pero es una esperanza pasajera. Capturado el mayor con las armas en la mano, denunciado el pequeño, van los dos juntos a la cárcel. Poco después, también el hermano de la Sra. Thévenet es detenido y encarcelado. Durante los días de angustia que siguen a estos acontecimientos, Glady visita las prisiones, más o menos disfrazada, con todos los riesgos y peligros que comporta; el menor fue el tener que beber a la salud de la República en el mismo vaso de un carcelero, que al sospechar de ella, se lo presentó después de haber bebido en él. En cuanto se levantó el sitio, vuelve el padre. Pone en movimiento todos los medios a su alcance para liberar a sus hijos. El 15 nivoso del año II (4 de enero de 1794), obtiene un certificado a su favor. "Nosotros, los miembros del Comité revolucionario del distrito de Plátre... declaramos, en honor de la verdad, que los ciudadanos Luis-Antonio Thévenet y Francisco Thévenet, hermanos, no tienen ninguna denuncia en nuestro Comité contra ellos y que nunca los hemos tenido por realistas ("muscadins"); su padre es un patriota pobre que necesita su ayuda... son el sostén de una familia numerosa; sus hermanos y hermanas son muy jóvenes todavía".

Pero "el 16 nivoso del Año II, la Comisión revolucionaria establecida en 'Commune Affranchie' por los Representantes del Pueblo... íntimamente convencida de que han empuñado las armas contra el pueblo y la libertad, y de que están evidentemente reconocidos como contrarrevolucionarios, condena a muerte...". Siguen cincuenta y cuatro nombres, entro los cuales, en la página 4, figuran Francisco Thévenet y Luis - Antonio Thévenet. Los presos habían sido trasladados para el juicio al Ayuntamiento. Había aumentado la angustia pero no se pierde la esperanza; el certificado de buena conducta concedido por el Comité de la Rue du Plátre la víspera del juicio, los salvará sin duda alguna. ¡Sin embargo, quince días antes habían ejecutado al tío Luis! Con valentía heroica, Claudina sale de nuevo en busca de noticias. Se encuentra con una "cadena" que conducen a los Brotteaux. Entre los condenados, ¡sus hermanos! Entonces tiene la valentía de abrirse paso para acercarse a ellos. El anciano sirviente que la acompaña puede recoger la carta que Luis le muestra en su zapato. Y Claudina oye: "Glady, perdona, como nosotros perdonamos". Más muerta que viva sigue al cortejo. Estallan horribles los disparos. No todos los condenados morían inmediatamente con el fuego de las descargas; remataban a los supervivientes a sablazos y a golpes de bayoneta. Luis y Francisco fueron rematados delante de su hermana.

Se aleja Claudina con la cabeza ardiendo, a punto de estallar. Va caminando y unas palabras acompañan el ritmo de sus pasos: "Glady, perdona. Glady perdona". En cuanto cruza el umbral de su casa, el padre y la madre comprenden todo antes de preguntar nada. La carta está ahí, señal de que no se trata de una pesadilla horrible. Es una realidad que tendrán que asumir. Las dos cartas están ahí, porque los dos han escrito, sin odio, antes de "presentarse ante Dios". Las despedidas se suceden: "Padre, madre, hermano, hermanas, primos, primas, amigos, amigas". Una emoción que "hace vacilar algún momento esta firmeza que les da su "inocencia". La petición de que busquen su consuelo en "la ayuda de Dios". Una misión confiada a su "querida y buena y pobre hermana demasiado sensible, Glady": "consuela a nuestra madre, dice Francisco, dile que su hijo, antes de morir abjura todos sus errores... Dile que tiene cinco hijos todavía y que se conserve para ellos"... "Dentro de cuatro o cinco horas, estaremos delante de Dios".

31 de julio 1816:

"Glady, perdona".

¿Es el olvido lo que se le pide? ¿Cómo podría Claudina Thévenet olvidar, ella, que desde este momento va a llevar inscrito en su propia carne, hasta el último día, el recuerdo vivo de las atrocidades que ha vivido, por un temblor de cabeza y una respiración fatigosa que se manifiesta en los momentos difíciles y que llama su "terror"?... No hay que olvidar. Lyon lo ha comprendido bien y por eso en el año conmemorativo del segundo centenario de la Revolución, se negó a pasar del año 1791, en las celebraciones.

Perdona. Renuncia a la venganza. "Perdona como nosotros perdonamos". Sus hermanos rechazaron el odio, por la gracia de Dios que les ofreció un anciano sacerdote encarcelado con ellos. En su carta de despedida, no hay ni la menor palabra dura contra sus verdugos. ¡Una gran gracia de serenidad en la oblación y a dos pasos de la muerte!

Perdonad. No os venguéis.
Cuando gire la rueda de la fortuna, la familia no denunciará al que sabían que había delatado a Luis y a Francisco.

Perdona. La dignidad de sus hermanos en sus últimos momentos no impide el escándalo del sufrimiento y de la muerte. ¡Pobre Claudina! ¡Ella que se había abierto a Dios por lo que decían de su bondad, por lo que ella misma había experimentado! Dios, "ese buen Padre", escribió Francisco. Si Francisco hubiera sobrevivido ¿hubiera seguido llamando a Dios "buen Padre"? ¡Qué tempestades en su corazón cuando está sola! También podría ser que en la robustez de su fe, todo esto fortificara su adhesión a Dios, como María al pie de la Cruz de su Hijo. Pero, ¡hay que guardar silencio ante un dolor semejante! A los veinte años, silenciosamente heroica, presente, en pie, al lado de sus padres. Porque el perdón hay que engendrarlo y, en primer lugar, viviendo las realidades cotidianas.

Desde el desenlace trágico del sitio de Lyon, la familia Thévenet se ha instalado en la calle Masson, en la CroixRousse, en una casa adquirida por una hermana de la Sra. Thévenet. ¿Qué hace Claudina? ¿Se puede pensar que está afiliada a la "Congregación de jóvenes" fundada por Linsolas, el sacerdote que nació como ella en el barrio de Saint-Nizier y que por decisión del arzobispo exiliado de Lyon será nombrado vicario general? El archivo de esa Sociedad no permite asegurarlo. ¿Acaso formó parte de la admirable y modesta "Sociedad de las Carlotas", llamadas así por el nombre de su fundadora Carlota Dupin, para alivio de los prisioneros y de los enfermos del Hospital general? Algunos lo han sugerido a causa de las visitas a sus hermanos en la prisión, pero tampoco tenemos certeza de ello. ¿Fue miembro activo de las "Misiones" de Linsolas, en las que los sacerdotes que no habían prestado el juramento y los seglares trabajaban secretamente para que se mantuvieran la enseñanza religiosa y la Preparación a los sacramentos? No lo sabemos con seguridad. Pero aunque falten las pruebas materiales, hay muchas probabilidades que permiten asegurar que Claudina Thévenet participó en el trabajo de todos esos obreros evangélicos de corazón ardiente que llevaron a cabo maravillas. Después del golpe de estado del 18 Brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799), Bonaparte quiere restablecer la paz religiosa, no por motivos de fe sino por conveniencias políticas. Logra un Concordato con el Papa. El 6 de junio de 1802, se abre de nuevo al culto la catedral de San Juan. Lo mismo había sucedido poco antes con la iglesia de San Bruno donde el día del Corpus Christi se celebró una gran procesión con el Santísimo Sacramento que recorrió el antiguo claustro de la Cartuja. De todos los barrios de la ciudad, acudieron los fieles con velas y flores y hubo un desbordamiento de emoción religiosa. Sin duda que la familia Thévenet participó en esta ceremonia puesto que vivían muy cerca.

En julio de 1802, se nombraba Arzobispo de Lyon a un tío del Primer Cónsul. José Fesch toma posesión de su sede en enero de 1803 y poco después recibe el capelo cardenalicio. Dos años después, se encarga de la venida del Papa a Francia para la coronación del Emperador. De camino hacia París, Pío VII se detiene en Lyon donde es recibido con entusiasmo por las autoridades de la ciudad y por la población que multitudinariamente acude a recibirlo. Al volver, en abril de 1806, celebra la Misa en la "iglesia de Nuestra Señora y de Santo Tomás de Fourvière" dando así un nuevo empuje a las peregrinaciones. Y desde el jardín contiguo de los hermanos Caille, bendice solemnemente a la "Roma de Francia" delante de la cual permanece extasiado: "Com' èbella!".

Claudina está entre la multitud, perdida tal vez en una meditación sobre los avatares de la historia y la ambigüedad de ciertas situaciones. Pero de todos modos el cardenal Fesch se entrega totalmente a su diócesis, se afana por hacer florecer de nuevo en ella la plenitud de la vida cristiana, y se preocupa sobre todo de la reorganización y desarrollo de

los seminarios, lo cual va a proporcionarle algunos roces con su imperial sobrino.

En 1804 había entrado en el seminario menor de l'Argentière el joven Andrés Coindre, nacido el 26 de febrero de 1787 y cuyo padre, sastre primero y mercader de sal al por mayor después, se había instalado en la calle de la Poulaillerie, en el barrio de Saint-Nizier. En 1809 pasa al seminario mayor y al finalizar los tres años requeridos recibe la ordenación sacerdotal de manos del cardenal Fesch, en San Juan, el 14 de junio de 1812.

Para Claudina también pasan los años: Juan-Luis está empleado en la administración en Valence; Elisabeth se ha casado con Juan Bautista Mayet en junio de 1802; Fanny es religiosa de Santo Tomás de Villanueva en París; Eleonor, en 1813, se reúne en Crest con la fundadora de la Natividad. En 1815, muere el señor Thévenet, a la edad de ochenta años. Glady se queda sola con su madre. Lleva una vida discreta de la que sabemos muy poco. Su nombre se encuentra en varios documentos referentes a bodas, nacimientos y testamentos.También figura en la primera página del "Catálogo de los cofrades y las cofrades de la Cofradía del sagrado Corazón de Jesús establecida en la parroquia de San Bruno de los Cartujos de Lyon el 22 de enero de 1809".

Desde hace tiempo, Claudina se siente atraída por el misterio del Corazón de Cristo y el del Corazón de María al pie de la Cruz. La devoción al sagrado Corazón, tan viva desde las revelaciones de Paray-le-Monial, llega a lo más profundo de su alma. Porque la petición de sus hermanos: "Perdona" ha resonado como un eco de las mismas palabras de Cristo crucificado e intenta comprenderlas cada vez más. Perdonar no consiste sólo en palabras y sentimientos, ella lo sabe. Engendrar perdón es apoyarse en lo pasado para encontrar los medios de darle una orientación nueva; es cambiar de vida, para abrir un futuro. Glady ha renunciado al matrimonio; se vuelve hacia Dios más radicalmente en el despojo de la fe. "¡No conocen a Dios los que hacen sufrir!". Y su oración ante el Santísimo Sacramento se hace reparación y súplica. Y también se pregunta: ¿qué hacer para que se conozca el amor de Dios, revelado por Cristo, y cambie el corazón de los hombres?

Andrés Coindre, después de su ordenación, ha permanecido en el seminario para hacer un curso de oratoria, luego es destinado a la parroquia de Nuestra Señora de Bourg-en-Bresse donde permanecerá poco tiempo. Después es nombrado vicario de San Bruno; su firma aparece en el registro de dicha parroquia a partir del 27 de noviembre de 1815. En la antigua Cartuja de Lys que el cardenal Fesch, con su propio dinero, ha podido rescatar en parte, y cuya iglesia se ha convertido en la iglesia parroquias de San Bruno, se ha instalado un grupo de sacerdotes "misioneros" con el fin de trabajar juntos en la renovación espiritual de la diócesis. El Padre Coindre participará activamente en ese trabajo de recristianización; en el curso de siete años se le encuentra en veintiún sectores diferentes. En el tiempo que le queda, predica retiros en los seminarios menores, a las comunidades religiosas, en las cárceles, parroquias y, por supuesto en San Bruno. Con su voz potente puede hacerse oír al aire libre ante un inmenso auditorio. Además, "es muy amable en el trato y nunca hará sufrir a nadie. Se hace querer por su buen corazón y por sus excelentes cualidades".

Poco tiempo después de fijar su residencia en la Croix-Rousse, el Padre Coindre, al pasar delante de la iglesia de Saint-Nizier, ve en el pórticoa dos niñas abandonadas tiritando de frío; se las lleva consigo. Feliz con su carga; pero muy perplejo, se pregunta quién podrá hacerse cargo de las dos niñas. Siguiendo el consejo de su párroco, Simón Gagneur, que conoce muy bien a su feligresa se dirige a la señorita Thévenet, a la que él no conocía todavía mucho. Claudina acoge a las dos niñas, las consuela, les da de comer. Lo que hoy realiza va a ser el punto de partida de una graventura.

Pero Glady no puede quedarse mucho tiempo con esas niñas en una casa que no le pertenece y que ya está muy llena. Piensa en su amiga María Chirat que vive con su amiga Adela Duperier en una casa próxima a la iglesia, la antigua tercera celda sur del gran claustro de la Cartuja. María Chirat no duda ni un momento; deja libre inmediatamente uno de los dos pisos que tiene el apartamento, para instalar en él a las dos niñas. Unos días más tarde habrá ya siete. No será posible permanecer mucho tiempo en ese local que le ha sacado de apuros. Claudina se da cuenta perfectamente de que esos primeros pasos van a llevarla más allá de las obras de piedad y de celo que hasta entonces había practicado. Seguirá recto su camino, paso tras paso. Sin duda, en el fondo del corazón se siente conmovida y una luz nueva ilumina su fe. "El que acoge a uno de estos pequeños a mí me acoge". Se siente más fuerte en su búsqueda aunque se da perfecta cuenta de que está a punto de abrir una Providencia. Conoce la de las Trinitarias reorganizada en 1804 en la Croix-Rousse. Sabe también que el párroco de Saint-Nizier acaba de abrir otra que ha confiado a la Hermanas de San Carlos. También ella recogerá a las niñas pobres y tratará de formarlas en un oficio con el que puedan ganarse la vida. Pero se necesita un local, hacen falta recursos. La ayuda del párroco Gagneur fue entonces preciosa para Claudina: crea una asociación de señoras de la parroquia que podrán sostener económicamente la obra que comienza. Después piensan en una celda vacía del claustro que formaba parte de la donación que el cardenal Fesch había hecho a la obra de los Misioneros. El Reverendo Bochard, vicario general, que aprecia de un modo especial al Padre Coindre, consigue que les cedan la celda sin pago de alquiler. Claudina se convierte en directora de esta obra que desea llamar "Providencia del sagrado Corazón" pero que será conocida sobre todo con el nombre de "Providencia de San Bruno" por estar emplazada en el lado derecho de la entrada lateral de la iglesia de San Bruno. Como ella no podía residir allí, pide a la Madre San Juan, Superiora general de las Hermanas de San José, una religiosa que se ocupe de la cocina y dirija el taller; la Hermana Clotilde hace maravillas.

El Padre Coindre, que ya conoce más a fondo a Claudina Thévenet y a sus amigas atraídas por su celo, les propone que organicen el grupo que ya forman. Existen otras asociaciones apostólicas; no se conocen porque se pide a los miembros un secreto absoluto. La "Congregación de señoritas" de la que hemos hablado anteriormente, ha renovado sus estatutos en septiembre de 1802*. La "Congregación de jóvenes" fundada en 'julio del mismo año está floreciente como nunca. Y en 1817 se funda la "Congregación de Hombres" continuación natural de la precedente. El Padre Coindre y Claudina redactan un reglamento que se inspira ampliamente, e incluso a veces palabra por palabra, en el de las "Congregaciones". Después, el 28 de julio de 1816, el Padre convoca una reunión en la capilla de los Retiros de San Bruno; explica a las ocho personas allí presentes el fin, el espíritu de esta "Pía Unión del Sagrado Corazón de Jesús" cuyas bases han puesto la señorita Thévenet y él mismo, explica también las ventajas de tal asociación: "Cuando se va solo en un largo y fatigoso viaje, uno se cansa pronto y para sostenerse no se encuentran más que recursos comunes y ordinarios; pero, al contrario, cuando son varios los que van juntos se va con seguridad y ánimo, se prestan nuevos apoyos". Se trata de "inspirar y reanimar la devoción a María, de honrar de un modo especial al Sagrado Corazón de su Hijo, de permanecer fuertemente unida a la Iglesia romana y de morir antes que abandonar la fe". Este último punto lleva la marca de los recuerdos del período revolucionario y de los desórdenes que causaron en Lyon la aparición de la Pequeña Iglesia que rechazaba el Concordato; y del conflicto de Napoleón con el Papa.

Los siguientes artículos del reglamento describen cómo se gobernará la asociación, cómo funcionará, la división de sus miembros en cuatro secciones: Instrucción, Edificación, Consuelos, Limosnas. También se determinan los deberes de las asociadas. Sorprenden los detalles tan minuciosos que se encuentran en el reglamento y que parecen opuestos al modo de ser de Claudina Thévenet: "Hay que ir a Dios con sencillez" decía. Pero leyendo las actas de las asambleas que se tuvieron entre el 31 de julio de 1816 -fecha de la fundación- y el 6 de noviembre de 1825, se da uno cuenta que la vida ha pasado por encima de las normas, y si los estatutos han servido de punto de referencia a lo largo del camino, las realizaciones apostólicas nacen de una fuente unificada: el amor de Dios revelado por Cristo Jesús que nació de María Virgen. Amor recibido y vivido en una actitud primordial de humildad, pero también de reciprocidad activa. Porque hay que socorrer a los pobres, ayudar a los que nada tienen, visitar a los enfermos y a los presos, instruir a los ignorantes, preparar a los que van a recibir la primera Comunión y la Confirmación, consolar, animar, acompañar, interceder, reunirse para rezar juntas, evaluar, y procurar que no haya más que un corazón y un alma. También hay que seguir y apoyar a las niñas de la Providencia de San Bruno, obra privada de Claudina Thévenet y de María Chirat antes de ser adoptada por la asociación.

Volveremos a hablar de las actividades de la Asociación del Sagrado Corazón y de su evolución. Pero podemos decir desde ahora, que sus miembros entraron de lleno y fervorosamente en el impulso apostólico y en la renovación espiritual de la Iglesia de Lyon a comienzos del siglo XIX.

5 de octubre de 1818:

El 31 de julio de 1818, por la mañana, tiene lugar la asamblea general de la Asociación del sagrado Corazón. El tema esá· señalado: evaluar el año transcurrido, el segundo después de su fundación.

Se hacen las observaciones siguientes: la Providencia, confiada desde septiembre de 1817 a dos Hermanas de San José, marcha muy bien, pero se necesitan más recursos; la catequesis de la parroquia de San Policarpo ha ido muy bien, sin embrago sería mejor que en adelante se separara a los niños de las personas mayores; las visitas a los enfermos, a los desdichados, a los pobres, han sido numerosas, a veces "se nos ha escuchado un poco" pero no siempre han tenido éxito los pasos que se han dado. Y se saca esta conclusión: para ayudar eficazmente, hay que olvidarse por completo de sí misma, ser muy bondadosa y escuchar mucho.

Una parte del acta está escrita por Claudina Thévenet; corresponde a una intervención de la presidenta: "los miembros de nuestra Sociedad nos habíamos comprometido a ayudarnos mutuamente en nuestro camino. Pero nos hemos relajado". El discurso es claro, preciso, con una cierta vehemencia; termina así: "Espero que ninguna llevar· a mal las observaciones que he hecho en mi Memoria; están dictadas únicamente por el deseo de nuestra mutua perfección, y para cumplir la obligación que se me ha impuesto de hacer notar las omisiones que tuviéramos que reprocharnos en el transcurso del año".
Después de la reunión comparten todas el almuerzo y se separan.

Pero el Padre Coindre había convocado para aquel mismo día por la tarde, una segunda reunión en la que estarían presentes siete miembros de la asociación y cinco amigas de Claudina que no pertenecían a ella; tenía que hablarles, según dijo, "de un asunto importante concerniente a la gloria de Dios". Después de haberles recordado brevemente lo que se había dicho por la mañana, declaró: "Es necesario que sin titubear y sin tardanza os reunáis en comunidad". Y comienza a exponer sus planes: "el fin principal que desde ahora debéis esforzaras en alcanzar... es vuestra santificación y la educación cristiana de las niñas de todas las clases sociales". Parece que el grupo, sorprendido, permaneció en silencio. "Dios ha preparado los caminos y ha encargado a Claudina Thévenet esta empresa". Claudina, por un momento, pierde la serenidad en medio de la emoción general; pero nadie dice al Padre Coindre que su proyecto es una locura.

Después de todo no es sino un paso más. Cristo escogió para sí a Glady en el momento de la muerte de sus hermanos y desde aquella fecha ya lejana, ella no ha hecho otra cosa que buscar el modo de seguirle. Lo que pide ahora el Padre Coindre es una confirmación de la primera llamada; no hay que cerrar los oídos. Claudina acepta sencillamente, sin excusarse por su incapacidad; sin temor. Y casi inmediatamente toma la resolución de abrir una segunda Providencia. 'Se siente invadida por una fortaleza serena: la ternura del Buen Pastor va a poder contemplar amorosamente los rostros de niñas y jóvenes abandonadas y en el corazón de esas pobres brotarán las maravillas de Dios. Encuentran alojamiento en una casa de dos pisos, construida en el jardín posterior de los números uno y tres de la calle de Pierres-Plantées. Claudina conoce a una obrera muy hábil en el tejido de la seda, que vive sola y trabaja por su cuenta en un piso cercano. La contrata; cuando la casa quede libre, el primero de octubre, Juana Burty se trasladará allí con una joven huérfana a la que enseñará su oficio.

Ahora hay que preparar a la señora Thévenet para la separación. Claudina sabe a dónde va, pero sufre. Su madre, por supuesto, no está sola, pero vivía de su presencia y va a sufrir una nueva ruptura. Las idas y venidas de su hija y lo que le cuenta al volver a casa, le intrigan. "¿Qué gusto de ‘canut’ *(Así se llamaba en Lyon a los obreros de la seda) te ha entrado... ?" Y el marido de su hermana Elisabeth se ha acostumbrado a llamarla "Señora Abadesa" con un tono graciosamente irónico. Su sobrino Claudio escribiró más tarde: "Yo no entendía el sentido de estas pequeñas escenas de familia, pero me han quedado grabadas en la mente. Se puede sacar la conclusión que mi tía tuvo que soportar otras bromas, dentro y sobre todo fuera de casa, y mucho más humillantes que las que se permitía mi padre. En una palabra, debieron burlarse frecuentemente de esta pequeña señorita Thévenet que quería hacerse

fundadora de una congregación. Este debió ser el tema preferido de las lenguas largas del barrio".

A medida que se va acercando octubre, el miedo y las tinieblas se apoderan de Claudina. Del grupo que se reunió el día de San Ignacio, una de ellas, Victoria Racimé, había decidido reunírsela, pero Claudina le había pedido que fuera a una casa de la Natividad donde su hermana Eleonor era superiora, para adquirir una cierta experiencia de vida comunitaria y formación para ser maestra de novicias. Mirando al futuro, era prudente. Pero, en lo inmediato, era un riesgo. La tarde del 5 de octubre de 1818, después de las primeras vísperas de San Bruno, Claudina se despide de su anciana madre y se va a Pierres-Plantées. Tiene cuarenta y cuatro años. Juana Burty, de veinte, la había precedido con su telar y una huérfana. Francisca Blanc, viuda de Ferrand, treinta y seis años, va también. Fue una noche de desolación y angustia. "Me parecía haberme comprometido en una empresa loca y presuntuosa que acabaría en la nada". Al día siguiente, las cuatro van a la misa de la fiesta de la parroquia. Claudina se acerca a dar un abrazo a su madre, luego continúa el arreglo de Pierres-Plantées para poder acoger allí a las once niñas dispersas por la Croix-Rousse de las que ella se ocupaba hasta entonces. "La recuerdo, cuando yo tenía cinco años, vestirse por Dios de no sé qué; marcharse de casa, ir a vivir a una especie de granero, ante la burla de mucha gente". Estos hechos impresionaron mucho a Claudio. "Más tarde comprendí... que la obra se fundó sobre la nada, sobre la pobreza, que es el verdadero fundamento necesario para toda obra divina".

¿Y el Padre Coindre? Ha empezado a organizar una Providencia de chicos, dirigida por un obrero de la seda que les enseñaría a manejar el telar y a tejer. Sigue al mismo tiempo con sus misiones y los sermones en muchas parroquias que le llaman porque tiene gran fama de orador. Apenas se le ve en Pierres-Plantées. Total, que ha embarcado a Claudina en la aventura de una fundación religiosa y la deja que vaya haciendo sola las primeras experiencias. Y vivir de una manera más radical el programa de la Asociación. Y responder más profundamente a las propuestas del Evangelio. Claudina medita en su corazón: revelar algo de la bondad de Dios para con los hijos de los hombres; acoger a las jóvenes, ayudarlas a crecer, curarlas, en cuanto sea posible, de las heridas que ya han recibido; enseñarles las cosas necesarias y útiles, prepararlas para que cuando se vayan puedan volar con sus propias alas. ¡Qué perspectiva! El amor que hubiera dado a los hijos de su propia carne, Glady lo siente ahora crecer para todas las niñas que vendrán un día. Entonces se manifestará el amor de Dios. Se hará cercano a esas pobres criaturas que encontrarán el verdadero sentido de su vida.

Los días pasan y el proyecto que ha nacido ante la mirada de Dios toma forma y se desarrolla. A fines de 1818, apenas tres meses de la fundación, la comunidad tiene ya doce miembros y veinte huérfanas. La contradicción se manifiesta también, como es natural. Cuando los grupos van a la iglesia de San Bruno, abundan los comentarios y las burlas. También las bromas, y a veces de mal gusto: "Cuando íbamos a misa con las niñas, los golfillos nos apedreaban. Entonces el Padre Coindre nos decía por todo consuelo: Es buena señal, hijas mías, es buena señal". Por su parte, la señorita Thévenet sufre con paciencia estas cosas y recomienda responder al adversario con una mirada modesta y una sonrisa benévola.

A partir de 1819, el espacio resulta demasiado estrecho. No se pueden ya admitir ni colaboradoras ni huérfanas. Claudina busca en la Croix-Rousse: ahora ya no les tiran piedras; la obra se mira incluso con simpatía y no falta trabajo. El 28 de mayo de 1820, muere la señora Thévenet, casi de repente, a los setenta y cuatro años. Se rompe un lazo muy fuerte. Pero eso favorece el que la hija busque casa también más allá del barrio. Precisamente entonces, Paulina Jaricot le comunica que su hermano quiere vender una gran propiedad que tiene en Fourvière.

Paulina María se había "convertido" poco antes de los diecisiete años al escuchar un sermón del sacerdote Wurtz en Saint-Nizier. Su hermano Pablo estaba emparentado con la familia materna de Claudina; pero las familias Thévenet y Jaricot se habían relacionado también por cuestiones de negocio y por vecindad. ¿Fue acaso Pablo quien puso en relación a Claudina con su hermana? A los diecisiete años y medio Paulina había hecho voto de no casarse. "Pero ignoraba, dice, que existieran en el mundo obras que reunían a personas piadosas para procurar la gloria de Dios...". Mucho más tarde, cuando, arruinada, envía una "llamada a la santa Iglesia", escribe en el mismo sentido: "Jesús permitió que fuese admitida en una sociedad de vírgenes cristianas; ellas fueron los modelos y guías de mi juventud; pero como eran ya de edad madura, mi corazón no estaba del todo satisfecho". Paulina fue admitida en la Asociación del Sagrado Corazón el 21 de junio de 1817. Tenía veinticinco años menos que Claudina. Fue nombrada luego presidenta de la sección de consuelos y de limosnas. Visita a los pobres con respeto evangélico y agradeciéndoles de todo corazón el que le hayan concedido "el honor de recibirla".

El día 13 de septiembre de 1817, Paulina había escrito a su hermano Pablo: "Habías prometido a la señorita Glady que le ayudarías en la creación de un taller... ¡qué agradecida te estaría si cumplieras tu promesa! Te aseguro que no es el bien por hacer el que falta, sino bienes para dar..." Y el 2 de noviembre del mismo año: "No sé cómo explicarte la alegría de la señorita Glady (que arde en celo por nuestro Dios) cuando ha visto que le dabas cien escudos para su establecimiento porque estábamos muy preocupadas de que este establecimiento se fuera a pique por falta de dinero". Así pues, la ayuda de Pablo Jaricot hizo posible el buen comienzo de la primera Providencia de San Bruno. Y va a hacer posible también el progreso de la segunda y al mismo tiempo a que se conserve el carácter religioso de la colina de Fourvière que tanto preocupa a Paulina. Todo esto es lo que ésta explicar· al cardenal de Bonald en la carta que en justificación propia le escribió en 1857: "Expongo ahora que no sé que existiera ninguna comunidad en la ladera de Fourvière cuando mi hermano mayor, que había adquirido hacÌa poco tiempo la casa que hoy habitan las religiosas de Jesús-María, la vendió a las señoras Thévenet y Ramié, fundadoras de esa institución".

Paulina, al mismo tiempo que participa en la actividad de la Asociación del Sagrado Corazón, va madurando sus iniciativas personales referentes a la causa de las Misiones que le entusiasmaban desde pequeña lo mismo que a su hermano Fileas. Este le habló un día de las dificultades financieras que tenían las Misiones extranjeras en París. Paulina, en la primavera de 1818, inicia la campaña de "los diez céntimos semanales" recaudados de mano en mano; luego organiza un plan piramidal que obtiene un éxito inesperado. Pero este éxito provoca interrogantes e incluso oposiciones. Un vicario de Saint-Nizier emprende una campaña contra ella, acusándola de empezar obras no autorizadas. Las mismas críticas en San Bruno, en los cartujos de la Croix-Rousse. ¿Cuál es la reacción de Claudina Thévenet? TambiÈn ella se le opone? No hay nada que lo pruebe; al contrario: en el libro de cuentas se encuentra, repetidas veces anotada, una cantidad "para la propagación de la fe". Además, ¿cómo no iba a conmoverse ante las obras apostólicas de Paulina, que no puede poner límites a su celo porque tiene "un corazón para el mundo entero", y admirar el entusiasmo de esta muchacha tan joven, convertida por la gracia, apasionada del Corazón de Jesús, que declara: "'Toda la tierra me ha parecido fecundada por la presencia del Salvador en el Santísimo Sacramento?" El mundo entero... Toda la tierra... Claudina acoge esas palabras llenas de generosidad y que responden a sus propios deseos.

El nombre de Paulina se encuentra todavía en las actas de las reuniones de la Asociación del Sagrado Corazón de 1824; y el 6 de enero de ese mismo año, se incluye en el acta el resumen de una conferencia que dio a las asociadas. En ella habla con fogoso ardor del Corazón de Jesús y de la necesidad de reparar las injurias que recibe constantemente.

Cuando desaparece la Asociación, Paulina continúa la amistad con Claudina Thévenet, aunque siguiendo su propio camino, con la fe, la valentía y la generosidad mística que todos le reconocen: "He amado a Jesucristo por encima de todo lo de la tierra y, por su amor, he amado más que a mí misma a todos cuantos pasaban trabajos o sufrían".

Se conocen muy poco en Lyon las relaciones entre Paulina Jaricot y Claudina Thévenet. Una y otra habían sido atraídas por Cristo. ¿Quién podrá decir lo que se deben mutuamente?

Año de 1821:

Cuando Claudina Thévenet empieza a buscar un nuevo local, desea un lugar más amplio y más apropiado que el de Pierres-Plantées. Ve muy clara la finalidad de su obra: acoger niñas pobres y sin porvenir, ocuparse de ellas hasta que sean capaces de tomar en sus manos su propia existencia, enseñarles la fe de la Iglesia, progresivamente, con la paciencia, el respeto y la esperanza del sembrador que confía a la tierra su simiente. Porque ella cree con toda el alma que las miserias del mundo provienen de no conocer a Dios. Lo mismo que expresa Paulina Jaricot cuando, acordándose del momento en que el Amor divino "tomó misericordiosamente posesión de su corazón", escribe: "Comprendí que Jesús no era amado porque no se le conocía y que su pueblo se había fabricado dioses en el corazón para adorarlos... Desde entonces los tormentos de su caridad divina se adhirieron a mi alma como un fuego devorador".

Pablo Jaricot tuvo una entrevista con Claudina Thévenet. La proposición era atrayente. Pero ¿dónde encontrar los fondos necesarios? El señor Jaricot se avenía a no recibir todo el importe de una vez y Catalina Laporte, amiga de Claudina, hija de unos ricos comerciantes, se ofreció a participar en la compra con la mitad del importe. El contrato se firmó el 12 de julio de 1820. La propiedad situada en el "barrio de Fourvière, consta de un gran edificio para las propietarias, que forma esquina en dicha plaza, de un patio, de otro edificio para el colono, de un gran terreno en parte plantado de árboles, y de un terreno en arriendo, viñas y tierras de una extensión total de alrededor de trescientas sesenta áreas".

Este conjunto había pertenecido a principios del siglo XVI a Nicolás de Lange, primer presidente del Parlamento de Dombes, lugarteniente general, letrado, que había acogido en su casa las asambleas de la Academia de Fourvière. Por esta causa llamaban a esta propiedad "la Angélica", nombre que conserva todavía.

En agosto, albañiles, carpinteros, cerrajeros, trabajaron en las obras indispensables de acomodación. El traslado se hizo entre el 2 y el 11 de noviembre. La nueva casa albergaba a cuarenta personas y diez telares. Pero lo que más apreciaban eran los extensos terrenos donde podían jugar tan bien las niñas. Al año siguiente se construye otro edificio de cuatro pisos, de seis ventanas de fachada. Y se pidieron en préstamo las cantidades necesarias ¡fiándose de la Providencia! Las estadísticas de 1821 señalan veintiun adultos, sesenta y dos niñas, veinticinco telares. Entre tanto, se había abierto también un pensionado. El Padre Coindre había dicho: "Vuestro fin será la educación cristiana de las jóvenes de todas las clases sociales". Ese pensionado proporcionaría, además, los recursos necesarios para el desarrollo de la Providencia. ¡Sabia previsión que apoya la confianza! A pesar de las preocupaciones, Claudina experimenta un gozo profundo. Profesa una tierna devoción a María; y precisamente va a vivir con sus niñas y jóvenes y con su comunidad que va aumentando, junto al santuario tan querido por los lioneses. ¡Qué fácil va a resultarle decir una y otra vez que no hay que hacer nada sin la Virgen María, ni el aprendizaje de la vida ni las tareas educativas!

En la Providencia de Fourvière las niñas entran a los siete años; se desea que permanezcan allí hasta los veintiuno, edad en que se supone adquirida la formación. Las pequeñas aprenderán a leer, a escribir, un poco de cuentas y los primeros conocimientos de costura. Después cuando ya alcancen una cierta habilidad en la costura y el zurcido, y que hayan progresado en edad y buena conducta, empezarán el arte de tejer la seda. Cuando llegue el momento de dejar la Providencia, tendrán un oficio, pero también sabrán sacar partido de todo en la casa y ser·n "la bendición" de su hogar. Al salir se llevarán no sólo un ajuar completo sino también un peculio adquirido con el importe del trabajo realizado durante el tiempo libre.

En noviembre de 1821, dos maestras de Belleville-sur-Saone proponen a Claudina Thévenet que se haga cargo de un pequeño pensionado y de la escuela de niñas que dirigen desde 1804. Es una invitación a formar un nuevo enjambre, a efectuar una primera salida fuera de Lyon. Después de haber estudiado la situación sobre el terreno, Claudina Thévenet acepta la proposición. A fines de diciembre van a Belleville y se organiza una Providencia, un externado y un pensionado. La Providencia tendrá la ventaja de que podrá acoger a las niñas que no quepan en Fourvière.

Sin embargo Claudina Thévenet no pierde de vista la Providencia de San Bruno y se interesa por ella como antes. Porque sigue siendo la presidenta de la Asociación del Sagrado Corazón y, para las asociadas, esa fundación era la obra más importante; el acta de la sesión del 31 de julio de 1817 decía claramente: "los medios económicos de que podemos disponer no nos permiten ayudar indistintamente a todos los pobres, debemos por lo tanto dedicarnos particularmente a las jóvenes.

La lectura de las deliberaciones del consejo de esta Providencia de San Bruno muestra algunos ejemplos del interés y la solicitud de las asociadas. Así, para estimular la actividad de las alumnas, deciden "llevar un registro donde cada mes se incluirá un boletín; en este boletín, debajo de cada nombre, se indicar·n las notas merecidas... utilizando las letras A mayúscula, a minúscula, B mayúscula, b minúscula..., la mejor nota será A" ¡No hace tanto tiempo que se ensayaba ese mismo sistema en nuestras escuelas modernas! Esas notas se tendrían en cuenta "para la distribución de premios... y se presentarán algunos de los trabajos de las alumnas de costura, bordado, escritura, etc.". Y más abajo se lee una reflexión sobre las "colocaciones" de las niñas: evitar colocarlas como cocineras o muchachas de servicio, porque al dejar esos puestos "se encuentran sin oficio"; informarse bien de las personas que quieren emplear a la joven; no aceptar el contrato antes del mes de prueba, y entonces hacer el contrato con los dueños y delante de testigos; visitar de vez en cuando a las jóvenes y a los que las han empleado".

Se estudia también cuál es el trabajo más apropiado para las niñas: "viendo que la costura, el devanado y los demás trabajos de la fabricación de la seda son por lo general los oficios más convenientes para esas niñas, se considerar·n sus gustos y disposiciones para poder darles así el que les vaya mejor". ¡Da gusto oír estas cosas! Y cuando se adquieren "uno o dos telares para empezar", se requiere enseñar a fabricar telas de seda a las niñas que les guste y que sean capaces de hacerlo bien".

En Fourvière, Claudina hará lo mismo. Incluso dispondrá de mayor libertad y ser· muy feliz animando el equipo de las hermanas encargadas de la Providencia. Se reserva para sí algunas tareas, sobre todo la de admitir a las niñas.

Se había establecido la norma de no recibirlas antes de los siete años. Pero hay casos en que hay que dejar de lado la norma. Así vemos que la Madre San Ignacio acoge a una pequeñita de dos años y medio porque su joven madre soltera no puede tenerla en casa; del mismo modo recibe a dos niñas de cinco años.

A menudo las niñas llegan en un estado lamentable. "¿Qué quiere usted que hagamos de esto?", dice un día la portera con cierta impaciencia. Y la superiora le responde: "Déjela entrar; ya verá qué joven tan bonita será a los dieciocho años". Es la respuesta de una madre. Claudina Thévenet no dejar· a nadie el privilegio de lavar, peinar, vestir y calzar a las niñas que llegan, sobre todo si, según dice la hermana portera, es de "lo peor que hay en las calles". Y, ¡qué alegría cuando, transformadas, las presenta a sus compañeras! ¡Con qué cariño y confianza habla de ellas! Escribe a su sobrina Emma: "No puedo darte noticias muy satisfactorias de la pequeña Dechaux; tenía casi doce años cuando la recibirnos y, hasta entonces, pasaba la mayor parte del día en las calles de Villefranche, dando y recibiendo puñetazos de los chiquillos de la calle; hubo uno que un día le dejó la cara ensangrentada... Al principio de estar aquí, su modo de portarse estaba de acuerdo con esa primera educación; ha cambiado mucho, aunque le queda mucho por hacer. Espero que con la ayuda de Dios, podremos hacer algo de ella. Un día se porta bien, y al día siguiente mal; si alguna vez llega a enderezarse creo que podrá ser una buena chica; es bonita y trabaja bien para su edad... pero cuando ella quiere, y no siempre quiere". Y en otra carta: "Creo que esta niña será un día el consuelo de su pobre madre". Y más tarde de nuevo: "Me pides noticias de la pequeña Dechaux; hay muchas intermitencias en su conducta, pero esta niña tiene buen corazón".

Cuando las jóvenes dejan la Providencia, la Madre San Ignacio trata de seguirlas y recomendarlas a quien pueda ayudarlas. Así explica a su sobrina de Villefranche que el señor Pelletier ha encontrado una colocación para su hija en Villefranche, pero la Madre está preocupada de que esta niña salga de la Providencia. Entonces le dice a Emma que la recomiende al Párroco. Rdo. Donnet, y añade: "Te estaría muy agradecida si me pudieras decir algo acerca de la casa donde estará; si de vez en cuando tú tienes ocasión de darle algún buen consejo...".

Pero hay algo que la Madre San Ignacio prodiga a todas las niñas y jóvenes que se educan en la Providencia y que un día partirán: su oración, esa letanía de intercesión y de acción de gracias, formada por todos los nombres y todos los rostros, y que a veces obtiene verdaderos milagros. Es lo que sucedió a esta joven de dieciocho años que desde los catorce padecía "el baile de San Vito" y que estaba en un estado lastimoso. Se cuenta que uno de sus tíos, creyendo que las religiosas se dejaban engañar por la niña, la obligó a levantarse; pero cuando vio los miembros de su sobrina crispados por las contracciones, la volvió a meter en cama enseguida, y desapareció sin que le volvieran a ver nunca más. Un día, la Madre San Ignacio, desolada ante el estado en que se encontraba la joven, llamó a la enfermera y le dijo: "Llévela a Fourvière y tráigamela curada". Llevaron a la enferma en una butaca a la capilla de la Virgen... Se produjo el milagro. Aquella misma tarde, Juana pudo reunirse con sus compañeras que jugaban alegres y bulliciosas en el jardín.

La obra predilecta de la Madre Fundadora es evidentemente la Providencia. Las religiosas se dan cuenta y dicen: "Nuestra Madre rejuvenece cada vez que visita la Providencia". ¿Quiere eso decir que se ocupa menos del pensionado? Ciertamente, no.

El 19 de junio de 1820, el ministro de Instrucción había dirigido una circular a los Prefectos para poner en regla la situación de los centros de enseñanza femeninos que no fueran escuelas primarias. Esta circular hablaba de someter a las maestras y vicemaestras de los pensionados a un examen riguroso. Claudina Thévenet no tarda en doblegarse a las exigencias del Ministerio y el 19 de diciembre de 1822, se presenta, con varias de sus compañeras ante la comisión encargada de examinar a las candidatas. Agrupadas con el nombre de "Damas de la Piadosa Educación" reciben un diploma: Claudina Thévenet, Hermana San Ignacio, -48 años- de maestra de Pensionado, sus cinco compañeras, mucho más jóvenes, de vicemaestras.

Como ya lo había hecho en la Providencia, Claudina Thévenet confía la dirección del pensionado a una religiosa bien formada que trabajará con unas auxiliares de "talento poco común". Se preocupa de la formación de esas educadoras, pero les recuerda en primer lugar la necesidad imperiosa que tienen de trabajar por "la salvación y la perfección" de las jóvenes que se les confían. Porque ellas participan en la misión misma de Cristo maestro y deben estimular su celo recordando a menudo las palabras del Evangelio: "He venido a encender fuego en la tierra, y ¿qué he de desear sino que arda?". Y estas otras: "Dejad que los niños vengan a mí porque el Reino de los Cielos es para aquellos que se hagan como uno de estos pequeños".

Les recomienda también la sencillez y la prudencia, la reserva y la madurez de juicio, la formación continua: "No descuidéis medio alguno para conservar y perfeccionar cada día" vuestros conocimientos, pero evitad "la ridícula pretensión de parecer mujeres sabias". Las anima a atesorar paciencia, mansedumbre y humildad; a ser valientes y a poner en Dios toda su confianza. Estas recomendaciones son, por supuesto, para todas las religiosas que están con las niñas tanto en la Providencia como en el Pensionado. "Hay que ser las madres de estas niñas, verdaderas madres", les repite a menudo.

La Providencia y el Pensionado marchan bien en Lyon y en Belleville. Claudina ha sabido contagiar su entusiasmo a sus compañeras; la alegría de todas: niñas, jóvenes y religiosas es la señal inequívoca de que se va por buen camino.

Año de 1826:

Las asociadas del sagrado Corazón se reúnen ahora en Fourvière desde la sesión del 30 de mayo de 1821. Ese día, Claudina Thévenet pensaba presentar la dimisión como presidenta; acepta sin embargo una vez más la renovación de su mandato puesto que el Padre Coindre ha propuesto que dejen la Croix-Rousse y tengan las asambleas en Fourvière; de esta manera la Madre no se verá obligada a desplazarse, lo que le supone más de una hora de ida y otro tanto de vuelta. ¡En aquel tiempo no había ni funicular ni metro! Pero, sobre todo, el Padre Coindre espera poder consolidar la "Piadosa Unión" en una especie de Orden Tercera, aunque no emplee esta palabra. Las actas de las asambleas ponen de manifiesto una gran vitalidad hasta el 6 de noviembre de 1825, fecha a partir de la cual no sabemos nada más de la Asociación.

Las compañeras que se han unido a Claudina desde Pierres-Plantées quieren ser "religiosas". Desean encontrar el rostro del Señor en esta comunidad apostólica que forman con su "Fundadora" y dejarse guiar por el Amor redentor. Quieren entregarse totalmente a Dios con una consagración reconocida por la Iglesia. A comienzos de 1822, veintidos jóvenes aspiran a hacer su compromiso mediante la profesión religiosa.

La Iglesia de Lyon no tiene arzobispo. En abril de 1814 Napoleón vencido abdica y el cardenal Fesch se va a Roma Antes, en la abadía de Pradines, cuya fundación había favorecido, confía el gobierno de su diócesis a sus tres vicarios generales y les ordena: "no se admitirá ninguna corporación, ni siquiera provisionalmente, y no se hará ninguna innovación en las que actualmente existen, sin nuestra orden expresa". Por lo tanto, hay que tener paciencia.
Por su parte, el Padre Coindre había organizado un Providencia para niños en la Croix-Rousse y como al predica las "Misiones" encontraba jóvenes llenos de celo, pensó en crear una Congregación masculina que se encargara de la educación cristiana de los niños pobres. Los Hermanos del Sagrado Corazón consideran el 30 de septiembre de 1821 como fecha de la fundación. En agosto de 1822, el obispo de Saint Flour pide al Padre Coindre que organice en la diócesis del Puy, de la que es administrador, una Sociedad de Misioneros. Al no cambiar en Lyon la situación de la diócesis, sigue siendo imposible pensar en un compromiso religioso reconocido por la Iglesia. La petición de monseñor de Salamón abre una nueva puerta a la esperanza; además, si las circunstancias son favorables, se podrían abrir también escuelas. Y es así como el Padre Coindre, durante el verano de 1822, publica un prospecto con doble formato, uno para la diócesis del Puy y otra para la de Lyon, en el que se anuncia para el 4 de noviembre la inauguración de un centro de enseñanza en MonistrolI'Evêque, hoy Monistrol-sur-Loire. En este centro estarán los Misioneros, habrá una escuela de enseñanza secundaria o seminario menor, dirigido por sacerdotes de la Sociedad de los Misioneros, una escuela primaria de niños a cargo de los Hermanos del Sagrado Corazón y una escuela de niñas bajo la responsabilidad de las religiosas que se ocuparán también de la enfermería, de la ropería y del vestuario de los alumnos.

Y el 10 de octubre, el Padre Coindre pide oficialmente introducir en la diócesis del Puy "la Sociedad que con el nombre de ‘Damas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María' ha abierto ya centros de formación para jóvenes en Lyon y en Belleville". Monseñor de Salamón responde aprobando esa sociedad como congregación para la diócesis del Puy, y nombra Director al Padre Coindre, autorizándole a recibir los votos simples de las que entren en ella. Y así es como Claudina Thévenet, que había tomado el nombre de María de San Ignacio, y cuatro de sus compañeras, hacen la profesión religiosa el 25 de febrero de 1823 en la capilla de los Misioneros del Puy en Monistrol. Al día siguiente es elegida Superiora general de la Congregación. El 16 de marzo tiene lugar una segunda profesión. Después, la Madre San Ignacio, teniendo en cuenta las dos casas establecidas en la diócesis de Lyon, Fourvière y Belleville, la de Monistrol ya organizada en la diócesis del Puy y la que se va a fundar en Saint-Sigolène, designa una Superiora provincial para la diócesis de Lyon y otra para la diócesis del Puy. Decisión importante porque pone de manifiesto que no se piensa trabajar en una diócesis particular sino que se quiere responder a otras llamadas que se reciban. En Monistrol profesaron dieciocho religiosas, la última el 7 de enero de 1824.

Durante ese tiempo comienzan a solucionarse las dificultades que supone el exilio del cardenal Fesch que no quiere dimitir. El Papa Pío VII, dejando al cardenal su título de arzobispo de Lyon y Primado de las Gallas, pero sin poder de jurisdicción, nombra administrador de la diócesis a monseñor de Pins, obispo de Limoges. El Padre Coindre y la Madre Fundadora, sin perder tiempo, solicitan la aprobación de la Congregación en Lyon. La aprobación de los Estatutos es del 18 de julio de 1825. Es un momento de gozo para las treinta religiosas que en esa fecha formaban la Congregación y para unas veinte novicias y postulantes que desean unirse a ellas. ¿Quiere esto decir que esta aprobación se recibe como una recompensa, distinción o favor? Claudina Thévenet es demasiado sencilla, demasiado humilde, demasiado prudente para que pase por ella ni la menor sombra de vanidad. En aquel tiempo no se hablaba de carisma fundacional, pero todas las que se habían reunido en el primer grupo de Pierres-Plantées se sabían llamadas a seguir a Cristo de cerca juntas y con un mismo impulso de amor, servirle en las niñas y jóvenes, sobre todo en las más pobres; porque se han sentido atraídas por el amor misericordioso de Dios, se sienten también impulsadas a dar juntas testimonio de él y a anunciarlo por todas partes. El "reconocimiento" de la Iglesia es como un envío y una promesa de futuras cosechas. Lyon, Belleville, El Puy, y ¿por qué no más lejos?

La llegada de monseñor de Bonald al Puy hace tambalear la Sociedad de los Misioneros que había organizado el Padre Coindre a petición de monseñor de Salamón. El nuevo obispo coloca a muchos de sus miembros en parroquias importantes y de ese modo se deshace la organización que se había creado allí para llevar a cabo la obra de la evangelización mediante las "misiones". El Padre Coindre presenta entonces su dimisión como superior. Y como sus éxitos habían provocado susceptibilidades y sospechas, prefiere dejar la diócesis del Puy pasar a la diócesis de Blois a donde el obispo le llama y desea con gran interés y aprecio. El día en que el Padre anuncia a la comunidad de Fourvière su próxima partida, es un día de luto en la casa. La Madre San Ignacio, sobre todo, siente ese aleja miento; ella pensaba poder continuar y terminar con el Padre Coindre la redacción de las Constituciones que había empezado a elaborar; ahora parece el momento de recoger las experiencias de ocho años de vida en común y poder presentar puntos concretos de referencia a las que quieren entrar en la Congregación. Ella sabe muy bien que esa colaboración ser· difícil por correo.

El Padre Coindre llega a Blois a comienzos de febrero de 1826. Inmediatamente acepta la dirección del Seminario; empieza a leer mucho para preparar sus cursos y sus sermones; predica la Cuaresma en una parroquia de la ciudad; mantiene un correo abundante con los Hermanos y Hermanas que ha dejado en Lyon y de los cuales se siente responsable; se opone vigorosamente a la fusión de los Hermanos con los Maristas del Padre Champagnat, fusión proyectada por el vicario general, Cattet.

El 30 de mayo, cinco meses después de su llegada a Blois, muere víctima de su trabajo. Tenía treinta y nueve años.

La Madre San Ignacio pierde de modo repentino un consejero experto y un colaborador desinteresado; la Congregación, un testigo apóstol cuya vida era un reflejo del grito de Pablo a los comienzos de la Iglesia: "¡Ay de mí si no evangelizara!". Unos días antes habían recibido una larga carta que se consideró como el testamento espiritual del Fundador. En ella daba consejos muy precisos sobre la vida oculta, la humildad, la apertura con las superiores, la rectitud de intención; consejos en la misma línea de lo que estaba escrito en los estatutos de la primera Asociación: tratar de hacer todas las acciones “con el único fin de agradar a Dios..., con alegría de corazón, libertad de espíritu, confianza y generosidad". Insistía especialmente en la caridad fraterna: "hacer todo lo posible para tener un solo corazón y una sola alma".

El 30 de mayo, las religiosas habían notado que su superiora parecía abatida. Le hicieron preguntas y ella contestó "No sé; presiento una gran prueba". La noticia de la muerte del Padre Andrés Coindre le llegó el 2 de junio; la Madre San Ignacio sufrió mucho porque se quedaba sin el apoyo del Padre; le faltaba en el momento en que m·s lo necesitaba; la Congregación se veía amenazada en su misma existencia porque algunos eclesiásticos que ocupaban puestos importantes deseaban fusionar a los los institutos que tuvieran una finalidad parecida. El proyecto había desorientado especialmente a la comunidad del Puy pues se habían hecho, en este sentido, propuestas muy concretas a algunas religiosas. Dos Hermanas dejaron la Congregación.

Afortunadamente, el vicario general Cholleton, del que se dice que era el "Evangelio viviente , era el Superior eclesiástico desde que el Padre Coindre se fue a Blois. Era persona de una inteligencia extraordinaria pero se le estimaba sobre todo por su "espíritu de pobreza, su sencillez de corazón y su modestia". El también ardía en celo por las obras de Dios. Intervino en un momento especialmente difícil de la vida de la Madre San Ignacio; supo comprenderla y sostenerla con prudencia. Y así pudo pasar por esta prueba, en fe, sin desfallecer.

Años 1830, 1831, 1834:

"El personal de la casa aumentaba diariamente; además se había admitido en los talleres mayor número de niñas pobres. Esperábamos que los días de nuestra peregrinación se deslizarían en la paz y en el trabajo. Un solo pensamiento y un solo deseo nos animaba: vivir como buenas religiosas, hacer el bien y procurar la gloria del Señor formando a estas pobres niñas en la práctica de las virtudes cristianas". Así se expresa una de las contemporáneas.

Y sin embargo los años treinta no responden a esta esperanza. El 27 de septiembre de 1829, en una sesión del Consejo, presidida por el Rdo. Sr. Cattet, vicario general, se decide cerrar el externado y el pensionado de Belleville. Este establecimiento ofrecía sin embargo un futuro prometedor y las familias de las niñas estaban contentas. Las autoridades y la población en general se sentían orgullosos de tener en su ciudad un centro que respondía a las necesidades y aspiraciones de todos en lo que toca a la infancia y a la juventud. Pero parece que las antiguas directoras y el mismo párroco no estaban tan contentos. El Señor Cura llamó a dos Hermanas de San José para que abrieran una segunda escuela gratuita y se justificó ante la gente con esta metáfora: "Mi solicitud paterna y pastoral ha buscado únicamente proporcionar a Belleville el 'pan moreno' a los que no querían o no podían alimentarse con 'pan blanco' ". Incomprensiones y malentendidos enrarecen el clima: optan por retirarse. Una vez tomada la decisión, salen de Belleville, sencillamente, a pesar de la intervención del alcalde ante el arzobispado y ante la Prefectura.

En julio de 1830 termina el reinado de Carlos X. Este rey había llevado una política considerada como restauradora del Antiguo Régimen. Y cuando por medio de ordenanzas limitó la libertad de prensa y modificó la ley electoral, el pueblo de París tomó las armas, y en tres días derribó la dinastía. No le reemplazó la República sino otro rey, Luis Felipe 1, que fue proclamado Rey de los franceses.
Dieciseis meses más tarde siguieron las "Tres Gloriosas" de Lyon. Lyon, la segunda ciudad de Francia, y las comunidades autónomas de Vaise, la Guillotière y la Croix-Rousse cuentan con una población de ciento setenta y cinco mil a ciento ochenta mil habitantes de los que casi la mitad viven de la industria de la seda. La organización de este trabajo es muy precisa: el negociante fabricante proporciona la materia prima, el dibujo y los pedidos al jefe de taller a quien paga por piezas de tejido; el jefe de taller, propietario de los telares, trabaja con uno o varios compañeros y uno o varios aprendices que generalmente viven bajo el mismo techo que el amo, compartiendo su vida. Quince horas de trabajo al día, a veces más; un salario justo para cubrir los gastos de primera necesidad, a veces menos. Como los acontecimientos políticos disminuyeron la actividad económica y aumentaron el paro, los “canut” acogieron con gusto las ideas de los que hablaban de reformas económicas y sociales, y empezaron a organizarse. Deciden exigir un aumento de los salarios e imponer a los fabricantes "la tarifa" mínima para el pago de las piezas de seda. Las dificultades para la elaboración y la aceptación de esa tarifa provocan el que los obreros de la Croix-Rousse bajen a la ciudad y que durante tres días, el 21, 22 y 23 de noviembre, se hagan dueños de ella. El gobierno envía un ejercito de veinte mil hombres para desarmar al pueblo y establecer el orden.

¿Qué hace la Madre San Ignacio durante este período turbulento? No conoce detalladamente las diversas peripecias de la insurrección. Pero reflexiona mucho: porque ella también está formando obreras de la seda en la Providencia. Vuelve la calma, y el 8 de febrero de 1832 escribe a una de sus sobrinas: "la fábrica va mejor que nunca, esto me obliga a ir a menudo a la Providencia; tenemos dos nuevos almacenes que nos dan trabajo; nos hacen montar telares para trabajos de moda. Los trabajos se pagan bien, todos los telares funcionan". El 22 de julio de 1833, escribe a la misma: "la fábrica marcha siempre muy bien; ya debes saber que ha habido un pequeño movimiento entre los obreros; han hecho parar aproximadamente cuatro mil telares que trabajaban para fabricantes... que no pagaban bastante la mano de obra. Al día siguiente vinieron los obreros para informarse si teníamos trabajo para cuatro fabricantes que nos nombraron; contestamos negativamente; se retiraron; se presentaron muy cortésmente, los recibimos del mismo modo y todo fue bien".

Pero los obreros lioneses est·n cada vez más convencidos de que sólo con un nuevo régimen, la República, podrán alcanzar su verdadera emancipación. Se reúnen en organizaciones que se politizan cada vez más. Al bajar de nuevo los salarios, el Consejo ejecutivo de las agrupaciones de los "canuts" les propone el paro total de los telares. El viernes, 14 de febrero de 1834, veinticinco mil telares dejan de trabajar. Ante el temor de que falle y de sus consecuencias, se suspende la huelga, pero son arrestados trece miembros. En marzo del 34, los mutualistas redactan una protesta contra la ley de Asociaciones que amenaza el movimiento obrero; aumenta la agitación y se temen disturbios con motivo del proceso a los dirigentes de febrero que no pudo celebrarse el 5 de abril y se había retrasado. Las autoridades toman las precauciones necesarias. Las tropas dividen la ciudad siguiendo tres líneas paralelas y vigilan todos los puentes del Saona y del Ródano.

Hay disparos; muere un gendarme; se improvisan barricadas a toda prisa. Llegamos al miércoles 9 de abril, hacia las once de la mañana; comienza el drama; será de sangre y fuego. Durante cinco días, la ciudad es teatro de combates encarnizados. Dos meses después de estos acontecimientos, la Madre San Ignacio escribe a su sobrina, evocando sobriamente aquellos días de desolación que, dice ella, han sido peores que los del asedio; "en nuestra colina ignorábamos lo que pasaba; veíamos fuego en distintos barrios y espesas humaredas; los cañones retumbaban en nuestros oídos de la mañana a la noche...: los obreros estaban constantemente a nuestra puerta para pedir pan, vino y otras muchas cosas que necesitaban...; me decían que les llegaban socorros de Saint-Ètienne, de Vienne... El domingo fue el día más terrible para nosotras, estábamos entre dos fuegos". La Historia de la Congregación escrita según los testimonios de los contemporáneos da más detalles: ocupación del santuario de la Virgen por los insurrectos; el P. Rey, capellán de la casa, retira el Santísimo Sacramento; una religiosa se encarga de recoger algunos objetos de culto; la inhumación de un capellán, retrasada cuatro días y llevada a cabo finalmente por el Padre Rey mientras daban escolta al cortejo fúnebre un grupo de obreros con las armas en la mano; nevadas tardías pero abundantes; sobre todo, la irrupción de las tropas en el jardÌn de la Providencia mientras las religiosas y las niñas cantaban vísperas en la capilla: el capellán parlamenta con el comandante persuadido de que se ha disparado contra tropas desde la casa; logra convencerle, pero el comandante se ha dado cuenta del emplazamiento estratégico de la casa. Hace entrar a sus hombres y coloca un grupo de soldados en cada ventana. Los amotinados no pudieron mantenerse mucho tiempo en sus puestos y se marcharon. Pero, durante tres semanas, la casa permaneció ocupada por el ejército que se estableció en el primer piso y en la planta baja. Nadie podÌa explicarse cómo la Providencia y los demás edificios de la colina, especialmente la iglesia de Fourvière y su campanario, estaban en pie. "Hemos tirado tanto contra esta plaza durante tres días, que no debería quedar en pie ni una sola casa", decía un oficial.

Parece que durante estos momentos tan duros, las niñas y las jóvenes se mantuvieron tranquilas, sin el más mínimo pánico. Seguramente antes no podían darse cuenta de la situación, pero en cuanto empezaron los combates en Fourvière, era imposible seguir ignorando el peligro. Las religiosas conservaron su sangre fría animadas por la fortaleza y serenidad de Claudina. Es verdad que ella, en esta circunstancia, no recibía el bautismo de fuego. No era ésta la primera vez; procuraba que su exterior no dejara traslucir su propia angustia, puesto que debía sostener, animar, calmar a los demás y ocuparse de lo necesario. No era la primera vez que ponía en Dios su confianza, que contaba con la protección de la Virgen María. Había comprendido muy bien, hacía ya mucho tiempo, que "la Santísima Virgen no quiere que nada se haga sin Ella".

Esta confianza se mantenía no sólo por la oración, sino por una disposición natural, y que Claudina había desarrollado, de hacer por su parte todo lo que dependía de ella. Cuando terminaron los combates, apareció otro peligro. "Te hubiera escrito antes, mi querida Emma, pero esperaba de un día a otro saber con certeza lo que se decidía acerca de nuestra casa; después de esas horribles jornadas de abril, no se hablaba más que de fortificar Fourvière; nos amenazaban con la expropiación si no queríamos llegar a un arreglo amistoso. El general del Cuerpo de Ingenieros subió a Fourvière el jueves pasado; lo visitó todo... Yo pongo mi esperanza sólo en Dios por intercesión de María". Tener confianza, sí. Pero, sin perder tiempo, buscar un lugar donde poder ir en caso de expropiación. Y Elisabeth Mayet escribe a su hija con fecha del 15 de junio del 34: "Ayer tuvimos a comer a mi hermana, al capellán de su casa y a las Madres Andrés y Motte que van de un lado para otro juntos para visitar diversas casas... Venían de ver una... de la que están encantadas, pero como no está decidido todavía, les conviene que no se hable de ello".

El general del Cuerpo de Ingenieros renunció por fin a su proyecto de fortificación. Fue una gran alegría, no sólo para las religiosas sino también para todos los habitantes de la ciudad incluso los menos religiosos, decían: "Si se destruye la iglesia de Fourvière, Lyon está perdido".

El Padre Rey, el capellán de entonces, había sido también una valiosa ayuda durante el tiempo de la revolución. Había aceptado esta capellanía sin entusiasmo, sólo con resignación pues su estado de salud no le permitía ocuparse en otros puestos más duros. "No quiero estar en régimen de convaleciente", había objetado. Pero se encontró con unas mujeres generosas en las que pudo apreciar grandeza de miras, sencillez y humildad, y una labor abnegada y eficaz con las niñas pobres. Y se pregunta: ¿No habrá nadie que intente reformar a los miles de chiquillos perdidos por el contagio del vicio y la falta de educación cristiana, más que por la falta de cualidades de corazón y de inteligencia?" Entonces sueña con hacer lo mismo que había visto hacer, y un buen día se marchó, casi sin decir adiós, para abrir, en Oullins, una Providencia para niños. La Madre San Ignacio lo siente mucho, pero ¿cómo hubiera podido detenerlo?

3 de febrero de 1837:

Cuando después del motín de 1834 vuelve la calma a Lyon, Claudina ha llegado casi al término de su vida. ¿Lo presiente?

Las religiosas de Fourvière se han dado cuenta de que la Superiora general se afana en poner todo en orden: papeles, cuentas, cartas... Esos arreglos facilitarán el trabajo de la que sea llamada a sucederla, pero, cuando ella se marche, no se encontrará ninguna nota personal, nada absolutamente que más tarde permita hacer una biografía muy detallada. Se había establecido la norma de no hablar nunca de sí mismas; la Fundadora la cumplió. Su serenidad, su fortaleza de alma, impresionan a la comunidad: "la prisa de nuestra Madre por revisarlo todo, por poner todo en regla, nos da miedo".

Queda una tarea importante por terminar: la constitución de una Sociedad civil que pueda paliar la falta de la autorización oficial de la Congregación. ¿Ha sido denegado el reconocimiento oficial? ¿Se ha pedido realmente? Parece que se pidió porque tenemos la carta de recomendación de monseñor de Pins; es posible, sin embargo, que se iniciara el expediente pero que no se mandara. Porque sobre este punto los pareceres estuvieron muy divididos. La Madre San Ignacio sabe que no hay ninguna ley que prohiba vivir en comunidad a los miembros de las congregaciones no autorizadas. Pero la creación de una Sociedad civil dará estabilidad a la congregación, y al mismo tiempo la personalidad jurídica le permitirá ser propietaria de los inmuebles en donde ejerce su apostolado, además de otras ventajas. Estos trámites prueban, si es que fuera necesario, la exactitud del juicio expresado sobre la inteligencia práctica de Claudina Thévenet: "Tiene una cabeza bien organizada".
La Madre San Ignacio desearía también terminar la construcción de la capilla. Cuando en 1820 compró la propiedad del señor Jaricot, la sala más hermosa fue destinada a lugar de culto. Pero muy pronto resultó pequeña y se hacía más fuerte el deseo de construir una casa para Dios. El emplazamiento era evidente: entre la Angélica y la Providencia había un terreno vacío; uniendo lo que quedaba separado, la capilla sería también un signo de la unión de los hijos de Dios. Se acababa de tomar la decisión de construir, cuando estalló la sublevación. Entonces, después del 30 de noviembre e 1831, se hicieron esta pregunta: ¿es prudente emprender el proyecto? Se consultó a la Comisión diocesana, que dio esta respuesta: "la incertidumbre de la situación actual no debe detenemos: haced la obra de Dios, cada día, sin preocuparas del mal que puede aportaros el día siguiente". Por lo tanto se habían empezado los trabajos. El capellán, Padre Rey, estimula el trabajo y organiza la ayuda voluntaria, porque las niñas y las religiosas quieren llevar su piedra, y los albañiles se regocijan al verse servidos tan gozosamente por esa mano de obra improvisada. Se empieza a construir la bóveda cuando sobreviene la insurrección de 1834. Se suspende entonces el trabajo. Cuando se vuelva a emprender, ser· demasiado tarde para que la Madre San Ignacio tenga la alegría de ver la capilla terminada. Viene a la memoria el episodio bíblico en que el rey David comunica a Natán su decisión de construir un templo para Dios. El profeta transmite al rey esta respuesta: "¿Eres tú quien vas a construirme una casa para que yo more en ella?... El Señor te comunica que Él mismo te edificará una casa".

El año 1836, el último de su vida, fue iluminado por un rayo de alegría El 28 de mayo, su sobrino y ahijado Claudio Mayet recibió la ordenación sacerdotal en la catedral primada de San Juan. El 31 celebra su primera misa en el Santuario de Fourvière. La Madre San Ignacio, que no puede asistir ni a una ni a otra ceremonia, le escribe una carta llena de afecto y de alegría: "Yo me gozo en el Señor de tener un sobrino y ahijado revestido de la dignidad del sacerdocio y que ser·, no lo dudo, un digno ministro de Nuestro Señor, puesto que está enteramente consagrado a su Santa Madre que no rehusa jamás su protección a los que recurren a ella. El 18 de junio, el nuevo sacerdote celebra la Eucaristía en el oratorio de la Casa Madre: fue la última alegría de la Madre San Ignacio. Tuvo, al contrario, muchas ocasiones de sufrimiento. Sólo hablaremos de las que le proporcionó el comportamiento del nuevo capellán, el sacerdote

Andrés Pousset. Procedente de Bourges, había dejado la diócesis a causa de algunos fracasos; había sido novicio de los jesuitas sin llegar a hacer la profesión y se había puesto en relación con monseñor de Pins. Parece que éste, con el deseo de ayudarle, le propuso ser capellán de las Damas de Fourvière cuya Superiora general había expresado el deseo de tener alguien que pudiera ayudarle a terminar las Constituciones que quería presentar a la aprobación pontificia.

La Hermana San Bernardo que por sus empleos podía ver las cosas de cerca, nos ha dejado un comentario muy explícito. "Nuestra Fundadora no tuvo ya descanso desde la llegada del P. Pousset. La Madre no dejó entrever jamás a la comunidad sus penas y sus dificultades, pero yo, que estaba encargada del servicio del capellán, hubiera tenido que ser sorda y ciega para no comprender que aquello no iba bien. El Padre Pousset quiere ser nuestro Superior, me decía yo a mí misma, pero a mí me parece que nuestra Madre nos basta".

Van decayendo las fuerzas físicas de la Madre Fundadora. En 1828, con otras dos religiosas, había sufrido una enfermedad grave no identificada. "No puedo dejar de pensar en esto: cuando las tres nos pusimos enfermas, nadie hubiera podido pensar que yo me pondría bien y que mis hijas morirían; una tenía veinte años menos que yo; la otra treinta".

Desde los comienzos de la congregación que ella fundó, Claudina Thévenet ha visto morir a veintiuna de sus niñas o jóvenes y a veintidos religiosas de todas las edades. Su primera compañera de Pierres-Plantées, Francisca Blanc, viuda de Ferrand, M. San Francisco de Borja, superiora del Puy, ha muerto trágicamente en el otoño del 35, debajo de las piedras de un muro del jardín que se derrumbó encima de ella.

Tampoco en su familia faltaron muertes. Claudina se acuerda. El primer hijo de Emma tuvo justo el tiempo para recibir el bautismo; ella había consolado a su sobrina apoyándose en la fe común: "he pensado en tu angelito, a quien Dios ha llamado junto a sí en el momento de su nacimiento... Tenéis un pequeño protector en el cielo... que se encuentra, sin fatigas ni sacrificio... en posesión de la visión de Dios". El segundo hijo murió un mes después de su nacimiento.

Se acuerda de la Hermana San Antonio, la enfermera de las niñas de la Providencia que no podrá comprender la dificultad que tienen algunas personas para dejar esta vida: "mis pequeñas no eran así; deseaban morir para ir a ver a Dios". y sus hermanos también habían escrito en su carta de despedida: "vamos hacia el seno de Dios, este buen Padre a quien hemos ofendido mucho pero de cuya misericordia todo lo esperamos". El Padre Coindre, en sus grandes misiones de recristianización, había hablado mucho de las postrimerías: ¡él la había precedido en la otra orilla! … El había fijado el fin apostólico de la Congregación: "Formar almas para el cielo por medio de una educación verdaderamente cristiana".

Realmente ella ha procurado llevarlo a la práctica tratando de hacer comprender el valor de la vida y su verdadero sentido, su verdadera grandeza, avanzando siempre, día a día. No se equivocó al querer que las jóvenes llegaran a ser mujeres capaces de ganarse la vida, capaces de formar hogares felices, capaces de iluminar su camino con la luz de la fe. Ha amado mucho a las niñas, a las jóvenes y a sus hermanas, porque Dios es Amor. Claudina lo recuerda y le invade la paz. Después de ella, sus compañeras seguirán el trabajo emprendido. Vendrán muchas otras a hacer conocer y amar a Jesús y a María, sobre todo a la juventud. Los jóvenes, los hay por todas partes. Entonces ¿por qué no ir más allá de las diócesis de Lyon y del Puy? ¿Por qué no atravesar los mares? Claudina confía: Dios es bueno.

A fines de 1836, empieza a presentarse lo que tanto se temía. La señora Mayet escribe a su hija: "Mi pobre hermana continúa en el mismo estado... Será una gran pena para mí si la perdemos y una pérdida irreparable para sus pobres hermanas, especialmente para la de París, y para toda su casa. Monseñor ha ido a verla y le ha manifestado mucho afecto...; conserva toda su presencia de ánimo, se ocupa de sus asuntos y aconseja a esas Madres que la cuidan con afecto y delicadeza; sería difícil estar tan bien atendida en nuestras casas. Yo todavía conservo la esperanza de que Dios conceda a esta buena hermana algunos años más de vida Él sabe lo útil y preciosa que es para tanta gente...".

Pero he aquí ahora en el corazón del misterio de su Señor humillado y abandonado, aquélla que ha vivido el seguimiento de Cristo, ferviente, atenta, olvidada de sí misma, valiente y confiadamente. El domingo 29 de enero, recibe los últimos sacramentos y para prepararla, el Padre Pousset le dirige estas palabras insensatas: "Ha recibido usted gracias para convertir un reino entero, ¿qué ha hecho de ellas? Es usted un obstáculo para el progreso de su Congregación, ¿qué responderá a Dios que le pedirá cuenta de todo?".

No se conmovió el rostro de la Madre San Ignacio; conserva su expresión serena. Pero cuando, después de la ceremonia, las religiosas se retiraron, confió a la que se había quedado a su lado: "Creí que iba a romper en sollozos". Después se recogió en silencio. Aquel mismo día, por la noche, tuvo una hemiplejía y cayó en un sopor profundo del que sólo salía de vez en cuando.

El miércoles 1 de febrero, las religiosas que la rodeaban le oyeron pronunciar con mucha claridad y "con una expresión de amor" estas palabras: "¡Qué bueno es Dios!".

El viernes 3 de febrero, a las tres de la tarde, moría Claudina Thévenet.

El Papa Juan Pablo 11 la beatificó el 4 de octubre de 1981 y la canonizó el 21 de marzo de 1993.

Dina Bélanger

SU ESPIRITUALIDAD

La espiritualidad de Dina se inserta perfectamente en la de la Congregación fundada por Santa Claudina Thévenet; espiritualidad cristocéntrica y mariana que tiene su fuente en el amor del Corazón de Jesús y del Corazón Inmaculado de María y que está centrada en la Eucaristía.

El secreto de la santidad de Dina reside en una correspondencia fiel y generosa a la gracia para vivir en cada instante lo que ella percibe como voluntad de Dios. Su divisa expresa bien lo que quiso vivir y lo que vivió en realidad: “Amar y dejar hacer a Jesús y a María”. Dina Bélanger ha amado mucho. Comprendió que Dios es amor y quiso responder a este amor. Nunca le negó nada voluntariamente. Todo su esfuerzo era dejarle el camino libre, decirle siempre Sí.

Y puesto que el amor al prójimo nunca está separado del amor de Dios, cuanto más Dina se pierde en Él, tanto más arde en deseos de comunicar al mundo entero el secreto de la dicha que ella ha descubierto y que vive: “Yo les he elegido a ustedes, dice el Señor, y les he destinado a que vayan y den fruto y un fruto que permanezca” (Jn. 15, 16)

Apóstol durante toda su vida en la tierra, Dina continúa dando fruto por medio de sus escritos y con su ejemplo de entrega total al amor; ella nos dice que la verdadera vida está “en otra parte” que se encuentra dentro de nosotros. En medio de un mundo desparramado, disperso, dividido, nos lleva a el centro de nosotros mismos, allí donde habita la Trinidad.

Vida muy sencilla la de DINA BÉLANGER. Su exterior no ofrece nada extraordinario, pero una respuesta generosa a la gracia ha hecho de ella una mística de altas cimas.

La Sierva de Dios nace en Québec (Canadá) en una familia profundamente cristiana, el 30 de abril de 1897. Bautizada el mismo día recibe los nombres de María, Margarita, Dina y Adelaida. Sus padres y conocido la llamarán Dina.

En su educación pusieron sus padres toda su ternura, todos sus conocimientos y todo su amor. Hija única de una familia acomodada, Dina se formó en un ambiente austero, sin caprichos y lejos de toda superficialidad. Tenía un temperamento voluntarioso, tenaz y extremamente sensible, se orientó muy pronto hacia el único necesario tomando la firme resolución de ser santa.

Cursó los estudios primarios en las Hermanas de la Congregación de Nuestra Señora. Alumna inteligente y aplicada, sus compañeras testimonian que era “serena, guapa, sonriente, distinguida, amable, sencilla, diligente y alegre”.

La gracia que recibe Dina en su Primera Comunión, a los 10 años de edad, es de interioridad y mayor comunicación con el Señor. Su oración se vuelve contemplación y su cuidado por vivir la caridad es exquisito. “No me acuerdo de haber juzgado voluntariamente a nadie” escribirá al final de su vida. El 25 de marzo del año siguiente a su Primera Comunión, un Jueves Santo, Jesús se le comunicó de una manera más íntima: “Era la primera vez que yo oía con tanta claridad su voz –interiormente, se comprende-, una voz dulce y melodiosa que me inundó de felicidad”.

A los 14 años entra en el pensionado de Bellevue dirigido por las mismas Religiosas de la Congregación de Nuestra Señora. Pasa allí dos años continuando, con seriedad y firmeza, el desarrollo de su inteligencia y el perfeccionamiento de su carácter. El éxito corona su aplicación. En los últimos exámenes Dina obtiene la máxima calificación.

El primer viernes de octubre de 1911, Dina siente la inspiración de consagrar al Señor su virginidad pues experimentada, dice, “una sed ardiente de entregarse a su amor”.

A los 8 años había comenzado los estudios de piano con rápidos progresos. Al terminar la educación secundaria continuará en Nueva York su formación musical durante dos años. Allí conoce la Congregación de Religiosas de Jesús - María que llegará a ser más tarde su familia religiosa. Apasionada por el arte y la belleza disfruta plenamente de las posibilidades artísticas de la gran ciudad. Casi diariamente escribe a sus padres y en esa correspondencia se descubre una Dina desbordante de vida, jovial y bromista con su dos amigas que comparten sus mismos gozos y el mismo ideal. En esas cartas da rienda suelta a su alegría y comunica, sin pretensiones, el alto aprecio que sus profesores le tienen.

De vuelta a la casa paterna, se abre ante ella una carrera musical prometedora de éxitos. Sus conciertos se multiplican: es aplaudida, aclamada. Su nombre figura como el de una artista; sin embargo, no se deja embriagar por el éxito y destaca por su sencillez y modestia. Se compromete en la vida de la parroquia, visita a los enfermos y a los pobres; se inscribe en la obra de los “Sagrarios”, ayuda en la confección o bordado de ornamentos litúrgicos. Tiene muchas amigas y su talento artístico ameniza las reuniones.

En medio de una vida social que hubiera podido acapararla, Dina no pierde de vista su ideal de santidad. La llamada a darlo todo y a darse, se le hace cada vez más imperiosa y el 11 de agosto de 1921 entra en el Noviciado de las Religiosas de Jesús - María de Sillery, Québec. Profesará el 15 de agosto de 1923. Su superiora no tarda en darse cuenta de la calidad espiritual de la joven religiosa. Las conversaciones mantenidas con ella la convencen de que se trata de una unión excepcional con Dios. Le pide entonces que ponga por escrito la descripción de las gracias con que se ve favorecida. Dina hace en esto, nos dice, el acto de obediencia más costoso, pero su Autobiografía nos permite penetrar en una vida interior de enorme riqueza.

Después de la Profesión sus superioras le piden que dé clases de música. Se entrega totalmente a esta misión manifestando verdadero amor a sus alumnas, y obtiene de ellas un resultado positivo.

Ya en los primeros meses de su vida religiosa contrajo una enfermedad contagiosa de la que no se restablecerá nunca del todo y cuyas consecuencias la conducirán a la muerte algunos años después, el 4 de septiembre de 1929. Tenía entonces 32 años y ocho de vida religiosa. Dejaba una fama de santidad y de virtudes poco comunes. .

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