1. Acercamiento Bíblico
Para una profundización bíblica del tema de los carismas hay que acudir a los escritos paulinos, pues aunque este tema se halla también en otros lugares del NT, es en aquellos escritos en donde es tratado con mayor amplitud.
Veamos un poco más a fondo el concepto “carisma”. Este es un término que proviene del griego “jar” que posee un connotado especial de alegría, de aquí se derivan las palabras “jaris”, gracia, y “jarisma”, don, que tienen que ver con el concepto que estamos reflexionando. Ambas palabras están relacionadas con la alegría o gozo, y con la gratitud, y es que ordinariamente cuando un don es dado brota en quien lo recibe la acción de gracias y la alegría.
En sentido paulino, “jaris” se refiere más bien a un don gratuito que es recibido. Hay 17 referencias a este término en el NT, de las cuales 16 están en los escritos paulinos y una en la 1ª carta de Pedro. Hay una leve pero importante diferencia en el otro término, “jarisma”, éste se refiere a un don, también gratuito, pero que se da específicamente para entregarlo a otros. “Jarisma” aparece 155 veces en el NT de las cuales 100 encontramos en escritos paulinos. Hasta aquí podemos decir que todo “jarisma” es “jaris”, o bien, que todo don que se da para enriquecer a otros es siempre, primero, un don recibido, una gracia.
Pero no todo “jaris” es un “jarisma”, pues no todos los dones recibidos tienen siempre una proyección de entrega, por diversas razones: por circunstancias personales, sociales, eclesiales, etc., que piden un discernimiento profundo. Es necesario aclarar que un don que Dios da es irrenunciable, en este sentido “jaris” es irrenunciable. Pero el acto de entrega de ese don sí es renunciable, es decir, aquello que lo hace específicamente “jarisma” es renunciable. Aquí valdría la pena preguntarnos ¿cuándo es válido hacer esta renuncia?.
Podemos decir que la misma doctrina paulina nos contesta cuando insiste en el sentido de cuerpo entre los creyentes, es decir, en el sentido comunitario de la vida cristiana (1 Co 12, 12-30); y también cuando menciona que “Todo es lícito, mas no todo es conveniente. Todo es lícito mas no todo edifica. Que nadie procure su propio interés sino el de los demás” (1 Co 10, 23-24). Que aunque es una orientación dada en el contexto del comportamiento en torno a los alimentos, nos ofrece una magnífica luz para comprender cómo aún las cosas buenas no siempre son convenientes, sobre todo en la perspectiva de lo que es el mayor bien para los demás. Y toda esta enseñanza enmarcada en una de las afirmaciones claves de San Pablo que sostiene que el más importante, el mayor, de los carismas es la caridad, el amor (1 Co 13, 13).
Tomando en cuenta lo anterior es posible entender que lo único que hace válida la renuncia a la entrega de un don recibido de Dios, es el convencimiento sincero y discernido de que hacerlo es todavía más edificante para la comunidad. Esto sucede cuando las urgencias o necesidades apremiantes de la comunidad van en un sentido distinto del don recibido. Podríamos resumir diciendo que es la llamada de la realidad, que a fin de cuentas es la voz de Dios pidiendo en la realidad lo que antes ya ha dado, lo que convierte al “jaris” en “jarisma”. De aquí que la cualidad de difusión de un carisma puede no ser eterna porque la llamada de Dios en la realidad puede cambiar.
El origen de todos los carismas es Dios Espíritu Santo, por lo tanto, el uso del término carisma se entiende esencialmente en la perspectiva de la presencia del Espíritu que se manifiesta con toda clase de dones gratuitos (1 Co 12, 1-4).
Consecuentemente es conveniente hacer algunas precisiones:
¿Para qué se da un carisma? Un carisma se da para que una comunidad crezca (en sentido cualitativo humano-espiritual), es decir, este crecimiento o enriquecimiento comunitario es criterio de discernimiento de la autenticidad de un carisma.
¿Cómo usar un carisma? Siguiendo el criterio anterior, hay que usarlo tanto-cuanto sirva a la comunidad, e impulse en la persona que lo ha recibido el seguimiento de Jesús y la continuación de su misión.
San Pablo habla de los carismas de forma más experiencia y descriptiva que sistemática, utilizando diversos nombres y listas según los momentos eclesiales y las circunstancias pastorales. Un texto sintético es el de 1 Co 12, 4-5, donde habla de:
-Diferentes gracias, pero siendo uno el mismo Espíritu;
-Diferentes servicios, pero siendo uno mismo el Señor;
-Diferentes operaciones, pero siendo un mismo Dios (Padre).
De este texto se puede deducir la estructura trinitaria de los carismas:
-Gracias del Espíritu a quien quiere: libertad del carisma;
-Al servicio de la Iglesia de Jesús: funcionalidad eclesial;
-Que poseen la energía del Dios Creador: dinamismo creador.
Recogiendo la doctrina paulina de los carismas podemos sacar algunas consecuencias:
-Hay pluralidad de carismas, y el carisma supremo al que se ordenan todos es la caridad, tal como ya se ha mencionado (1 Co 13).
-Los carismas santifican a quien los recibe siempre y cuando el ejercicio del carisma recibido esté animado por la caridad. Pues el himno a la caridad (1 Co 13) expresa con mucha claridad que puede haber ejercicio de carismas sin caridad. En tal caso, no sirven de nada. Cuando se vive y se es fiel al carisma recibido desde la primacía de la caridad, la persona avanza en el proceso de identificación con Jesucristo, es decir, camina hacia la santidad.
-Hay posibilidad de encauzamiento institucional de los carismas, según 1 Ts 5, 12-21: probarlo todo, no extinguir el Espíritu, retener lo bueno.
-Es necesario armonizar la complementariedad de carismas (1 Co 12, 12-26).
No es fácil definir los carismas, pero cualquier aproximación a ellos ha de resaltar que su origen proviene del Espíritu del Resucitado y su finalidad se orienta al bien de la Iglesia en su misión de hacer presente el Reino de Dios en este mundo. Por esto el carisma posee una riqueza tal, que fácilmente crea tensiones:
-Se concede al individuo, pero para el bien de la Iglesia;
-Se orienta a la Iglesia, pero inserta en el mundo;
-No nace de la autoridad, pero es ella la que en última instancia lo discierne y autentifica;
-No constituye ninguna nueva revelación, pero posee una peculiar originalidad;
-Asume las potencialidades existentes de la persona, pero las desborda;
-Sin ser algo estructural en la Iglesia, es vital para ella.
2. El carisma: fruto de una experiencia provocada por el Espíritu
A la luz de esta teología de los carismas podemos hablar ahora de los carismas fundacionales o congregacionales. Es decir, de los carismas que son recibidos por personas concretas pero que son entregados para la difusión, carismas que van a irradiarse en la comunidad y que despertarán la conciencia de identificación con ellos, en otras personas.
Sin pretender una definición sino más bien una descripción, habría que decir que un carisma congregacional es una forma de modular el misterio cristiano. Es decir, es una manera particular de explicitar algo de la plenitud del misterio cristiano en el tiempo y el espacio. Y aquí habría que recordar que la actitud primera del fundador o fundadora no es la de maestro-maestra de su congregación, sino la de discípulo-discípula de Jesús.
Cuando hablamos de los y las fundadoras de familias religiosas, hay que recalcar que nos referimos a personas que recibieron carismas del Espíritu en orden a una misión eclesial, en estrecha relación con las circunstancias históricas y las necesidades de la Iglesia. En la vida del fundador o fundadora se halla en germen el carisma fundacional.
Todo lo atribuido a los carismas ha sido vivido por los fundadores y fundadoras:
-Una entrega fiel al carisma que los ha santificado,
-Una vida evangélica y llena de confianza en el Señor que los llamaba,
-Tensiones a veces crucificantes con la misma autoridad religiosa,
-Profundización en el Evangelio acentuando aspectos hasta entonces ignorados o desconocidos,
-Dimensión universal de su misión.
Ahora bien, ¿cómo recibe esta persona, que hoy llamamos fundador o fundadora, el carisma?
El Espíritu se hace presente en la historia de la humanidad gracias a la apertura a Dios y a la disposición interior de una persona de esa historia, y desencadena una experiencia espiritual en ella. Esta experiencia es decisiva en la vida de la persona y orienta toda su existencia posterior en dirección de lo único y del Único.
En realidad esta es una experiencia indefinible, por ser una experiencia “fuente” u origen, se describe, más bien, en sus efectos. Es de carácter totalizante ya que abarca al ser humano entero: sensibilidad, inteligencia y proyecto. Vincula al “centro personal”, es decir, la persona se siente alcanzada en su subjetividad más honda. Con todo, no se mide por la carga de intensidad psicológica con que a veces se da, sino por el cambio radical de sentido que da a la existencia.
Esta experiencia da inicio a un camino de conversión, es decir, impulsa a la persona a transformar profundamente su vida hacia el modelo de humanidad nueva que es Jesús, de esta manera es evidente que implica una respuesta comprometida a Dios, y una opción consciente, responsable y progresiva por Él.
Es importante aclarar que esta experiencia, aunque puntual en su origen, es en realidad progresiva en el desarrollo de toda su potencialidad, y en su misma asimilación.
En el proceso que inicia a partir de esta experiencia espiritual fundamental, la persona va avanzando en una relación con Dios que se va convirtiendo en la más importante de su existencia, algo así como un nudo que amarra todas las demás relaciones. Por medio de esta relación de intimidad Dios se va entregando a la persona y la va capacitando para entenderlo de un modo determinado, es decir, ella va captando el ser de Dios con unos matices particulares que se convierten en mensaje para la humanidad.
Esto significa que la persona va adquiriendo capacidad para captar a Dios a través de la vivencia conjunta con él, de la asociación con él en el diario vivir, de tal forma que lo que la persona llega a saber de Dios es, sobre todo, consecuencia de su íntima relación.
Esta experiencia dispone a la persona a la receptividad a la palabra de Dios, pero también a la receptividad a su presencia. La presencia y el sentir de Dios le hablan a través de su realidad. Esta receptividad puede describirse como una fuerte capacidad intuitiva, es decir, como la capacidad de acoger certezas claras e inmediatas que surgen en el interior, y que no se perciben como productos exclusivos de la propia elaboración mental, sino que se descubren como frutos de una creación en colaboración entre Dios y uno mismo(a). Es así que la persona va profundizando en su entendimiento de Dios a través de la reflexión de su palabra, y de la contemplación intuitiva del mundo circundante.
De acuerdo a lo anterior, la persona que va descubriendo y entendiendo a Dios se da cuenta de que Dios guarda una relación personal e íntima con el mundo. Él no sólo ordena y espera obediencia, sino que también se ve interesado y, en cierta forma, afectado por lo que pasa en el mundo, y reacciona de acuerdo a ello. El Dios de Jesús es un Dios que ama, es un Dios cercano al ser humano y preocupado por él. No es un Dios que sólo gobierna al mundo con la majestuosidad de su poder y sabiduría, sino que reacciona en forma íntima a los hechos históricos.
Resumiendo podemos decir que lo que hemos explicado como una experiencia fundamental de Dios en una persona, abre un proceso de relación entre Dios y ese ser humano que le permite a éste avanzar en un entendimiento particular de Dios, el cual le lleva –como en un solo movimiento- a escucharlo dentro de su realidad y a encontrarlo implicado en ella. Todo esto va configurando ya un carisma.
3. La experiencia de Dios modifica la conciencia: un proceso doloroso y creativo
Antes de continuar me parece importante señalar que a Dios sólo se le encuentra cuando se le ha experimentado en la propia vida. Y esta experiencia de Dios en la vida sólo puede acontecer en la realidad ya que somos seres situados en un tiempo y un espacio, y es ahí en donde tenemos la oportunidad de encontrarnos con ese Dios que nos sale al paso. De esta manera la realidad se torna trasparente y se transforma en un gran canal de comunicación de Dios.
Es a través de las experiencias que lo de fuera, lo diferente, se hace presente en el interior del ser humano, es decir, la experiencia es la que convierte en real y en parte de uno mismo, lo que antes era ajeno a uno mismo, y esto lo logra porque lo hace consciente.
Esto nos permite comprender que es en el encuentro entre la conciencia y la realidad en donde se estructura la experiencia. De aquí que toda experiencia implique un proceso doloroso y creativo a la vez.
Doloroso porque significa la oportunidad de una purificación y enriquecimiento de la conciencia, habitada por presupuestos que no son sino posiciones tomadas históricamente, así como por modelos de interpretación heredados o adquiridos de las diversas influencias que recibe el ser humano. La experiencia cuestiona esos presupuestos y modelos y, por lo tanto, conlleva conflicto. Toda ampliación del horizonte de sentido lleva necesariamente conflicto porque la seguridad de la persona está puesta en el horizonte que ya tiene y al cambiar éste todo se trastorna.
Y creativo porque es también la oportunidad de ampliar nuestro horizonte de comprensión y de sentido y, por lo tanto de crecer. En el tema que nos corresponde esto se traduciría, como dice la carta a los Efesios, en ir alcanzando la edad adulta que corresponde a la plena madurez de Cristo (Ef 4, 13ss). Es en este proceso de crecimiento en donde la creatividad puede desarrollarse, porque creatividad implica motivación profunda y dinamismo, también implica ojos nuevos y corazón nuevo capaces de correr el riesgo de inventar respuestas inéditas. Y no hay que olvidar que no hay motivación más fuerte y más profunda que la que nace del amor.
Por eso fidelidad y creatividad están tan emparentadas, pues la dos tienen que ver con la vivencia del amor.
En esta perspectiva de comprensión de la experiencia como proceso doloroso y creativo me parece que se aplican perfectamente algunos presupuestos de la “teoría del caos”, respecto a que cualquier crecimiento se da al costo de un alto nivel de caos y de una reorganización hacia un significado. Y es cierto, la experiencia aporta nuevos significados o clarifica los significados, de modo que transforma tanto a la conciencia como a la realidad y es esto lo que da el signo de veracidad. En términos cristianos podemos decir que por ahí pasó el Espíritu del Señor ya que el árbol se conoce por su fruto (Mt 7, 17-20; 12, 34-35; Lc 6, 43-45), importante criterio de discernimiento.
Los estudiosos de la ya mencionada “teoría del caos” dicen que los líderes son quienes tienen que aguantar el caos y que hacer el significado con acciones y no tanto con palabras. Pensando en nuestra materia yo creo que eso es lo que hicieron los fundadores y fundadoras. Pues a través de esa intimidad con Dios en la que vivieron, fueron descifrando los nuevos significados en su realidad y expresándolos en la vida de un modo claro y sencillo que fue comprendido por sus contemporáneos y que encontró resonancia en otras personas que se sintieron identificadas con el mensaje, así fueron gestándose las familias religiosas.
4. El paso del carisma fundacional a la institución religiosa
Es importante mencionar que, como nos los enseña tanto la sociología como la eclesiología, sin cierta institucionalización el carisma muere con quien lo recibe o perdura sólo de forma genérica.
Podemos señalar tres movimientos que se dan en el paso del carisma a la institución, no se trata de una secuencia cronológica en sentido estricto, aunque el primer y segundo movimiento que voy a señalar sí se dan en ese orden, sin embargo el tercero digamos que permea los otros. Además, el segundo movimiento es una posibilidad que reaparece en distintos tiempos:
- Externalización= El(la) fundador(a) o sus inmediatos(as) colaboradores(as) o sucesores(as) redactan los primeros escritos en los que dan vigencia social y comunitaria a las enseñanzas originales, esto equivale a lo que se denomina “la regla de la comunidad”, que no es más que la expresión del modo de vida de la comunidad. Por una parte, sólo la vivencia del carismático explica la regla y, por otra, sin regla el carisma fundacional sería un carisma puramente privado. De hecho, lo que la Iglesia aprueba es la regla o modo de vida. Es cierto que, al externalizarse y formalizarse, el modo de vida pierde riqueza y movilidad, sin embargo de no hacerlo el carisma moriría con el fundador y no se podría transmitir a las generaciones sucesivas.
- Objetivación= Esto se refiere a la etapa en la que la institución ya ha alcanzado su propia autonomía, y tiende a constituir sus propias leyes y dinamismos. Es aquí cuando hay que tener cuidado de que el carisma no sea ahogado dándose un proceso independiente de crecimiento. Es por esto que se hace necesaria una vuelta constante al carisma original.
- Internalización= Es el proceso mediante el cual un grupo va transmitiendo y otro asimilando, a través del modo de vivir, la propia vivencia del fundador. Esto sólo puede darse cuando la comunidad que transmite está realmente impregnada de la vivencia fundacional, pues sólo así está en capacidad de expresar con la vida misma la experiencia espiritual original y originante de la familia.
Cabe aclarar que esta internalización implica una delicada operación de discernimiento, sobre todo después de un cierto lapso de tiempo entre la experiencia original y el momento actual, para distinguir entre los elementos esenciales, es decir, entre la intuición evangélica del carisma fundacional, y la plasmación histórica y condicionada que se tuvo que hacer de ese carisma en su momento de institucionalización. Esto es importante ya que lo que se tiene que internalizar es lo esencial, y es esto mismo lo que se transmite con la vida.
5. Otras consideraciones
Quisiera terminar esta presentación sobre el carisma haciendo referencia a algunas consideraciones importantes:
a) Cada carisma realiza su identidad de modo inseparable de la misión que brota del don. Los problemas, las necesidades y esperanzas del pueblo en un momento histórico determinado, se convierten por la acción del Espíritu, en llamada a encarnarse y a dar respuesta a esa situación. Es decir, en una misma y única experiencia los(as) fundadores(as) se sienten afectados por Dios y por la realidad, puede decirse que logran captar la unidad entre Dios y la realidad, captación que se traduce en una respuesta a ese llamamiento de Dios en lo real.
b) Los fundadores(as) son los mediadores para hacer presentes en la humanidad determinados rasgos de la presencia de Dios y de su amor. Sean cuales fueren, esos rasgos contenidos en la experiencia primigenia del fundador(a) vienen a plasmar el ser y la vida de cada congregación. En la experiencia del fundador(a) toma vida el espíritu y el ideal de la congregación, desbordando las limitaciones provenientes de la época y de la misma persona humana. Por esto hay que acudir a la experiencia del fundador(a) para descubrir el rostro concreto de Dios y los valores evangélicos que gozan de perennidad, y que los miembros de la familia religiosa están llamados a reproducir, pues son estos valores y este rostro los que han de renovar en cada tiempo la vitalidad del carisma.
c) El carisma recibido por el(la) fundador(a) es un carisma que debe ser leído y enriquecido desde las nuevas perspectivas históricas, y las nuevas exigencias y orientaciones de la Iglesia. La gracia fundacional o carisma primigenio es un don vital que encierra en sí mismo potencialidades que han de ser explicitadas en el tiempo. Hay riquezas latentes que los(as) fundadores(as) hijos(as) de su tiempo, no pudieron ver ni imaginar, pero que hoy emergen como renuevos acondicionados para responder a los signos de los tiempos. Por eso el carisma del fundador(a) ha de leerse hoy con fidelidad creativa.
Este don que se recibe a través de la experiencia de Dios y de la realidad, es sobre todo espíritu y se manifiesta como:
- Inclinación preferencial,
- Actitudes profundas,
- Valores evangélicos,
- Mostrar un rostro particular de Dios,
- Propensión a: Enfocar la relación con Dios y con el prójimo con unos énfasis determinados,
- Seguir a Jesús resaltando algunos elementos fundamentales.
Todo esto es fruto del entendimiento de Dios que surge a partir de la experiencia que se tiene de Él.