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(Mensaje del XXXIV Capítulo General
de las Religiosas de Jesús María procedentes de
26 paises y reunidas en Roma en Octubre del 2001)
DENUNCIAMOS
Que la vida de muchos niños, mujeres y hombres está
gravemente amenazada
Por la guerra, la extorsión, la violencia, la pobreza,
el hambre...
Que hay seres humanos a los que se les priva de su dignidad
de hijos de Dios
y de la posibilidad de sentarse en la mesa del mundo.
El desprecio y la humillación de gentes y pueblos enteros
a causa de la cultura, religión, sexo, etnia...
Nosotras, religiosas de Jesús María, nos identificamos
con Claudina Thévenet, nuestra Fundadora. Ella supo reaccionar
ante la violencia de su momento y lo hizo con un perdón
activo, poniéndose al servicio de la vida a través
de la educación.
Como herederas de su Carisma queremos comprometernos con nuestro
mundo actual y ser presencia viva de ternura y misericordia
de Dios.
Sentimos la urgencia de cuidar, defender y proteger el crecimiento
de nuertros hermanos y hermanas, poniendo nuestra vida al servicio
de la educación.
Sensibles al grito de tanta gente y de tantos pueblos pidiendo
PAZ, nos unimos
a todos ellos colaborando con otras organizaciones que tiene
opciones parecidas a las nuestras, dentro de las iglesias y
de la sociedad.
NOS COMPROMETEMOS
A educar con una pedagogía de la bondad y la confianza
para que cada persona pueda ser ella misma, sentirse aceptada
y generar paz.
A educar en el respeto y valoración de lo diferente
a asumir la dignidad del otro, y así generar un entorno
más humano y justo.
A educar en la igualdad, que nos hace más solidarios
unos de otros y favorecer unas relaciones más fraternas.
A educar en el dialogo que capacita para encontrar soluciones
pacíficas a los conflictos.
A educar en la universalidad capaz de superar fronteras, derribar
muros, creando una mentalidad más abierta y en diálogo
con otras religiones y culturas.
A educar en el perdón capaz de cortar el espiral de
la violencia y que abre caminos nuevos a la paz.
Nuestra fe en el que vino pare que tuviéramos vida,
nos conduce a la convicción de que estos esfuerzos no
son en vano. Están enraizados en el deseo y voluntad
de Dios de "iluminar a los que viven en tinieblas y en
sombras de muerte y guiar a nuestros pasos por el camino de
la paz"
(Lc 1,79)
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